F. de Goya: Retrato de la marquesa de Santa Cruz. Museo del Prado. 1805

Entre los retratos más hermosos de Francisco de Goya destaca el que le pinta a Joaquina Téllez-Girón y Pimentel (1784-1851), hija de los duques de Osuna, y marquesa de Santa Cruz por su matrimonio con José Gabriel de Silva Bazán, X marqués de Santa Cruz.
Como tantas veces en los retratos de Goya, en el cuadro queda reflejado el sentir del pintor por su modelo, que en este caso era el de un cariño verdadero desde que la conociera de niña. De ahí este lienzo espléndido, brillante y luminoso, y lleno de un encanto que contagia su belleza a la propia retratada.
No era la primera vez que la pinta. Joaquina ya aparece de niña en el retrato que hace Goya de toda la familia de los duques de Osuna, cuando apenas cuenta cuatro años (Los duques de Osuna y sus hijos. Museo del Prado 1788), y aparece retratada también en una versión parecida a la que nos ocupa que se encuentra en el County Museum de Los Ángeles, pero que no se reconoce como obra del pintor aragonés. La marquesa también la retrata el pintor valenciano Agustín Esteve y Marqués en 1798, obra que se conserva asimismo en el museo del Prado (Joaquina Téllez-Girón, hija de los IX duques de Osuna).
En cierto modo podría decirse que se trata de un retrato alegórico, pues la marquesa aparece representada como musa de la música y la poesía, de tal manera que su corona de hojas de pámpanos y frutos así como su postura recostada se relaciona con otras representaciones de Castalia, fuente de la poesía. Por su parte, la guitarra en forma de lira, además de su referencia a Apolo y a su amor a la música, se relaciona también con la musa de la poesía lírica. Era una forma de subrayar el carácter ilustrado de la dama, conocida en los círculos aristocráticos de la época por su exquisita educación, fomentada desde niña por sus padres y que la había convertido en una de las promotoras más activa de las tertulias de poetas y literatos que se reunían en su palacio. También de su virtud, fortaleza y perseverancia, atributos igualmente simbolizados por su corona de frutos. A lo que habría que añadir su proverbial belleza, que como ya hemos dicho, Goya trata de reproducir a través del propio esplendor de su lienzo.
La presenta Goya sobre un diván de terciopelo rojo, vestida con traje de gasa blanca de talle alto y escote amplio que favorece el tono sensual de la representación. Una mano sujeta distraídamente un pañuelo que sirve para remarcar un paralelismo de color con el blanco del vestido, mientras cuelga del brazo en alto un echarpe, cuyo ritornelo serpenteando en oscuro contrasta también con la luminosidad del traje. La guitarra, apoyada sobre el cuerpo en diagonal, abre una línea compositiva que complementa la diagonal inversa marcada por el busto y la cabeza. Es como hemos dicho, el símbolo del amor por la música y la poesía profesado por la protagonista, aunque también de la familia, pues la cruz troquelada que la decora no es sino la divisa de la Casa de los marqueses de Santa Cruz, por más que en su día el fascismo español quisiera ver en ella un símbolo precursor de la esvástica nazi. Cosas de la ignorancia.
Un retrato, en fin, que nada tiene que ver con los que se prodigan en esa misma época. Muy lejos del formalismo neoclásico de David o sus seguidores. Es Goya puro, pero un Goya que en este caso bebe anhelante de la influencia de Velázquez, y más concretamente de un cuadro igualmente espléndido en el que Goya tuvo que ver la quintaesencia de la sensualidad y la belleza formal, La Venus del espejo. Se nota en el juego de colores, en la alternancia del rojo carmín y el esplendor de los blancos, en los fondos neutros para potenciar la luz, en la propia displicencia de la retratada (segura como la Venus velazqueña de su propia belleza), pero sobre todo por ese ambienta de cargada sensualidad, que ambos pintores consiguen empastando los colores hasta cargar la atmósfera pictórica del lienzo de una intensidad verdaderamente electrizante.
Y es evidente que, como en Velázquez, para que el cuadro alcance esa fuerza de su luz y su color, debe Goya de abrir el pincel al trazo amplio y espontáneo, lleno de empaste (especialmente grueso en algunas zonas, como el vestido, o en la corona de hojas de parra), pero también a la pincelada más breve y nerviosa, delicada incluso, en aquellos detalles más exquisitos de la modelo. Una combinación de recursos que se completa con el trabajo en el forro de terciopelo carmesí del diván, cuyo efecto traslúcido se consigue disolviendo los pigmentos del óleo hasta diluirlos en un mar espléndido de tonos malvas y carmines. Tan delicados como voluptuosos.
Un cuadro por tanto verdaderamente espléndido, cuyo estado de conservación siempre ha sido bueno, aunque una esmerada limpieza en 1988 permitió descubrir la perfección técnica del pintor en su aplicación de la pincelada y el color, además de revelar la costura vertical en el centro que confirmaba la unión de dos telas para completar las dimensiones considerables del lienzo (130 x 210).
Tampoco ha sufrido graves vicisitudes a lo largo de su existencia: el cuadro perteneció al patrimonio de la Casa de Santa Cruz hasta 1941, pasando en dicha fecha a formar parte de la Colección Félix Fernández Valdés de Bilbao. Allí se conservará hasta 1983 en que fue subastado y exportado ilegalmente a lord Winborne, quien tuvo de devolver el cuadro al Estado español que pleiteó por su propiedad, lo que hizo posible que desde 1986 pueda disfrutarse de su presencia en el Museo del Prado.

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