Almuerzo con Quevedo

000 ElalmuerzoVelázquez

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“El local de Maese Pedro era oscuro y estaba casi lleno. Olía a ajo frito, a carnero lanoso, a ofensivo vinazo. Los buenos bodegoneros se lucraban de un buen negocio floreciente, pues se decía que más de la mitad de la población de la Corte era cliente de ellos. Podían servir huevos, eran abastecidos por los pasteleros de grandes y grasientas empanadas. Mataban cerdo, traficaban en carnero y vaca, podían embuchar y vender curtidos y servían sinnúmero de menudos, generalmente conocidos como “carnes del sábado”, que eran estos menudos: sesos, pies, lenguas, bofes, asaduras, criadillas, los cuales recibían el nombre genérico de grosura. No obstante, el plato característico de los bodegones era la olla podrida, el plato español de aquella época por excelencia y del que derivan tanto el cocido y la olla de hoy, como el antiguo malcocinado de Valladolid. Fue la olla, la reverenda olla como la llamaba el bodegonero, la que propuso Maese Pedro, pero Quevedo le cortó:

__Hace demasiado calor para tomar vuestra tan reverenda y poderosa olla.

__Me agradaría que nuestro convidado  –dijo don Antonio–  catara platos más ligeros pero típicos de los bodegones de Madrid. Un jigote de pierna de carnero, o de ave, o de conejo, por ejemplo.

El bodegonero, con voz artificiosa y cacareante, salmodió lo que podía ofrecer:

__Tengo una buena olla, que veo que no prefieren, y un excelente jigote como don Antonio parece desear. Jigote de carnero como Dios manda, adobado con limones, vino y especias. También hemos cocinado carnero verde con agraz, clavo, azafrán, jengibre y toda clase de verduras, que me pidieron unos clientes y quizá quede bastante para tres más. Un “mirrauste” de carnero para el cual es menester la mejor sustancia del animal, almendras, canela y de todas especies, limones y nueces de especia; y albondiguillas que es un plato barato de bodegón, según dice mi maestro Martínez Motiño, cocinero de su Majestad, pero que es el mejor de los guisos más populares. Hay asaduras y callos cocidos, también chanfaina castellana y pastoril. Y puedo darles a catar también conejo en cecina, según lo prepara vuesa merced, mi señor don Francisco de Quevedo. Y he guisado también uñas de vaca que más bien parecen manos de ternera. Están cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino.

Don Francisco asintió con una mueca altiva:

__Vaya, en mi caso, por la uña, y no por la uña, sino los garbanzos que la escoltan y que son mi mejor golosina. Vengan antes unos pedazos de liebre en cecina, que es cosa bien sabrosa, si se me permite decirlo. Me perdonará mi señor don Hugo, que coma tan vulgares mantenencias y si empiezo a refrescarme con melón y acabo con aceitunas; es una comida de bodegón popular. Pongo el melón por delante, porque el doctor don Luis Lobera de Ávila, médico que fue del imperante Carlos V, dice que, si se quiere comer, sea el melón antes de todo manjar, estando el estómago vacío. Así se trate de melones palentinos o sarracenos, o hasta las batecas de carne bermeja, a las cuales, a la morisca, muchos llaman sandías.

__Y a vuesa merced, don Hugo, ¿que le apetece?

__Me agradaría probar las albondiguillas y el carnero verde y empezar por el fresco melón como vuesa merced.

Don Antonio se sentía sudoroso y con el estómago afligido:

__Yo sólo cataré y muy brevemente, porque el calor me tiene muy desganado, un jigote de carnero con un jugo bien caliente por encima. Parco de especias, con una gota de vino. Y mientras comen su melón, probaré unas ciruelas para preparar el estómago, como avisan los médicos.”

(Néstor Luján: “Decidnos, ¿quién mató al conde?. Las siete muertes del conde de Villamediana. 1987)

(Imagen de cabecera: “El almuerzo”. Velázquez)

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