Anís del Mono

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La fábrica que fundaron en Badalona los hermanos Bosch y Grau en 1870 ha producido no solamente una de la marcas más populares del mercado de las bebidas alcohólicas —el “Anís de Mono”—, sino  también un icono en torno al cual se tejen toda una serie de curiosas anécdotas e increíbles historias.

Por empezar con la botella diremos que su origen se halla en un viaje a París de Vicente Bosch, durante el cual al fabricante quedó encantado con la forma de una botella de perfume que regaló a su mujer. Sobre esa botella —cuyos derechos pidió al perfumista y que registró finalmente en 1902—, acabaría el industrial poniendo la famosa etiqueta del mono.

Hasta entonces la fábrica había utilizado reclamos publicitarios surgidos del mejor arte y utilizando las más avanzadas técnicas de la época. Así fue, en 1897, cuando Vicente Bosch convocó el primer concurso de carteles para su marca en España —atendido por algunos de los mejores pintores de la época— y en el que fue elegido un cartel de Ramón Casas (titulado “Mona y mono”). E igualmente cuando Bosch fue el primero en instalar un cartel luminoso publicitario en la Puerta del Sol de Madrid (1913) y poco más tarde otro en la barcelonesa plaza de Cataluña.

Sobre el origen del uso de la imagen del mono en la marca del anís más famoso de la empresa, se ha dicho que uno de los barcos que atendía los negocios en América de la familia Bosch había traído un simio que acabó instalado en la fábrica y convertido en motivo de diversión para la gente del barrio, que acabó llamando a la fábrica la del “anís del mono”.

Junto a la anterior la más admitida explicación de la presencia del mono en la etiqueta nos habla de su relación con las fuertes polémicas que tuvieron en la época en torno a la teoría de la evolución de Darwin.

En ese sentido el historiador Enric Satué (“El libro de los anuncios”) afirma que:

“…quien realizó una auténtica obra de creación fue el padre político del propietario, el señor Sala, que se hizo cargo del diseño de la etiqueta. Sala, que era un amateur de las artes plásticas, se apresuró a crear un personaje que se adecuara a la hoy centenaria botella. El resultado formal —probablemente imprevisto—, conlleva tal carga ideológica que convierte esta simple etiqueta, para decirlo sin ambages, en un panfleto político de lujo.

Para empezar, el personaje no se puede clasificar, en rigor, entre los monos. Se halla en un proceso de metamorfosis lo bastante avanzado entre primates y hombres como para atribuirle la pretensión de resumir por sí solo la teoría del evolucionismo, ferozmente rechazada en aquel tiempo. De acuerdo con el análisis iconográfico más superficial hay que considerarlo, sin duda, un diseño plenamente positivista y, en este sentido, políticamente revolucionario si tenemos en cuenta el contexto sociocultural de la época. Y decimos esto porque no se limita a caricaturizar un tema científico de actualidad polémica, sino que toma partido —¡y de qué modo!— a favor del darwinismo militante, es decir, del progresismo que representaban una serie de fuerzas opositoras muy heterogéneas: republicanos y federales, positivistas, anticlericales y anarquistas, etc.

Para situar hoy el nivel de esta agria polémica científico-política hay que recordar el escándalo que suscitó en Barcelona el pensamiento y la actitud del catedrático Odón de Buen, en unos hechos lamentables que se produjeron muy tardíamente, ¡veinticinco años después de que el señor Sala dibujara, como quién no quiere la cosa, aquella increíble etiqueta!

El positivista aragonés tomó posesión de la cátedra de historia natural en la Universidad de Barcelona el año 1889 y pronto se convirtió en una figura intelectual incómoda para las jerarquías universitaria, eclesiástica y política. Esta tensión estalló ruidosamente en 1895, cuando el obispo de Barcelona pretendió retirar de la circulación la edición de unos tratados de zoología y de geología de tendencia darwinista cuyo autor era el catedrático en cuestión. El alboroto que por un lado protagonizaron las autoridades, el ejército e incluso el gobierno central y, por otro, los estudiantes, una parte del profesorado universitario y una amplia capa progresista de la población de Barcelona, indica hasta qué punto el tema resultaba delicado para la sensibilidad cristiana y tradicionalista, intransigente por naturaleza.

¿Cómo es posible que durante aquella tempestad ideológica esa “ingenua” etiqueta de visible tendencia darwinista no fuera excomulgada, y ni el obispo, el gobernador o el ejército tomaran medidas para retirarla de la circulación? ¿Acaso el fino paladar del licor que contenía la botella tenía la facultad de amansar a las fieras? (…)

La carga provocativa que la imagen del mono-Darwin transmite no es del todo inconsciente, y ello es lo más desconcertante de toda la anécdota histórica. Por ejemplo, en el papel que sostiene en la mano derecha se puede leer una lacónica e irreverente leyenda: “Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento”. Indudablemente, al poner por testigo la ciencia —en lugar de Dios, por ejemplo— se pone de relieve, consciente o inconscientemente, la tendencia laica y materialista de la escena. Además, la redacción del mensaje denota una arrogante retórica, más propia de los positivistas o de los anarquistas que de la respetuosa y autosatisfecha familia burguesa, de la cual salía y a la cual se dirigía el producto”.

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