Años mozos de Velázquez…

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“El 17 y 27 de septiembre de 1611, Juan Rodríguez, el padre de Diego, ha convenido con el pintor Francisco Pacheco las condiciones en que éste ha de tener al niño durante seis años como aprendiz y, en cierto modo, como servidor. Pero ya se establece que el plazo corría desde primero de diciembre del año anterior, es decir, que el verdadero comienzo del aprendizaje arranca de 1610. El documento en que consta ese acuerdo es tan prolijo, detallista y recargado de fórmulas legales como era usual en tales convenios, pero las cláusulas más importantes se refieren a las obligaciones de Pacheco de enseñar al niño su arte; de darle casa, comida, bebida, vestido, calzado y asistencia médica en las enfermedades cuya duración no excediera los quince días; y, acabado el plazo del aprendizaje, costearle una indumentaria bien formal, esto es, “un vestido que se entiende calsón, ropilla e ferreruelo de paño de la tierra e medias e çapatos e dos camisas con sus cuellos e un jubón y vn sombrero y pretina, todo ello nuevo”. La vestimenta propia del que ya puede andar sólo por la vida.

Había sido gran acierto del padre de Velázquez la elección de Pacheco. Porque pintores mejor dotados había en Sevilla, pero no más cultos ni de más amplia formación. Ese tal Francisco Pacheco, de familia marinera, había nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1564, pasando pronto a Sevilla, protegido por un su tío, canónigo de la Catedral. Canónigo que le transmitió mucha de su afición a las letras, con lo que Pacheco vino a ser un no frecuente ejemplo de pintor versado en muchas disciplinas humanísticas, amigo de la poesía y de la historia, muy impuesto en cuestiones eclesiásticas y, en definitiva, hombre de vastas y complejas culturas, redondeadas en un viaje a los Países Bajos. Había tratado a Domenico Greco en Toledo, y tuvo que escuchar de éste afirmaciones tan sorprendentes como la de que “Miguel Ángel era un buen hombre, pero no sabía pintar”, verdadera figura de blasfemia para hombre tan respetuoso para todos los valores divinos y humanos establecidos cual Pacheco era. Para completar la semblanza del mentor del niño Velázquez hay que agregar otras precisiones bien significativas. Era asesor del Santo Oficio para juzgar la pintura religiosa del momento, menester en el que Pacheco no sólo podía rechazar cuadros de relativo desenfado, sino lucir sus convicciones iconográficas, a las que se mostró siempre aferradísimo. Por ejemplo, San Sebastián no debía ser mostrado como mancebo imberbe, sino como capitán de la milicia, hecho y derecho, y Jesús de ningún modo pudo estar sujeto a la cruz mediante tres clavos, sino con cuatro. Así fue cómo pintó un Crucificado singularmente poco atractivo, recibido por la opinión con burlas, resumidas en la redondilla anónima que decía:

¿Quién os puso así, Señor,

tan desabrido y tan seco?

Vos me diréis que el amor,

mas yo digo que Pacheco.

En suma, era Francisco Pacheco diestro dibujante, mediano pintor y criatura desprovista de genio, pero impagable educador, de los que no dejan cabo suelto en la preparación del alumno que les ha sido confiado. Ello, hasta el punto de convertirse en padre de Velázquez mucho más efectivo que el borrosísimo Juan Rodríguez de Silva, el que engendrara a Diego.”

(En: Juan Antonio Gaya Nuño: “Velázquez. Biografía ilustrada”, 1970)

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