Apollinaire y los cubistas

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“Los nuevos pintores ofrecerán a sus admiradores sensaciones artísticas debidas sólo a la armonía de las luces impares.

Conocemos la anécdota de Apeles y de Protógenes relatada por Plinio.

Muestra perfectamente el placer estético que resulta únicamente de esta construcción impar que he citado.

Apeles desembarca un día en Rodas para contemplar las obras de Protógenes que vive en la isla. Pero éste no se hallaba en su taller cuando llegó Apeles. Una anciana que se encontraba allí vigilaba un gran cuadro a punto de ser pintado. Apeles, en vez de dejar su nombre, esboza sobre el cuadro un trazo tan sutil como perfecto.

A su vuelta, Protógenes, al descubrir el dibujo reconoce la mano de Apeles y esboza sobre el trazo un trazo de otro color y más sutil aún y, de esta manera, parecía que hubiese tres trazos.

Apeles volvió al día siguiente sin encontrar al que buscaba, y la sutileza del trazo que esbozó ese día deseperó a Protógenes. Durante mucho tiempo, ese cuadro causó la admiración los entendidos, que lo miraban con tanto placer como si, en vez de representar unos trazos casi invisibles, hubiesen dibujado dioses y diosas.”

(Guillaume Apollinaire: “Los pintores cubistas”. 1913)

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