Asclepio

000 Asclepio

 

000 Asclepio

“¿Es el mito anterior al rito? ¿O viceversa? Digamos que son creaciones simultáneas e interdependientes que evolucionaron a la par: el primero instituye el relato y fija la estructura de la revelación poética con todo su abanico de significados; el segundo establece su interiorización, y realiza sus contenidos mediante la práctica ritual.

Como fenómeno primordial de la psique, el mito es el transmisor de una epifanía [manifestación] religiosa. Pero esta “revelación” solamente puede ser experimentada y mantenerse viva a través de la práctica ritual. En las sociedades antiguas, los ritos repiten una y otra vez el eterno retorno del acontecer divino expresado en el mito, y de esta forma conserva viva su energía espiritual. Los dioses paganos no eran en aquella época meras alegorías intelectualizadas, como lo serán a partir del Renacimiento, sino símbolos vivos, susceptibles de producir cambios psíquicos sustanciales, incluso catarsis terapéuticas en algunos creyentes. Durante los cultos oficiados en aquellos templos, la comunicación simbólica con lo divino potenciaba a través del rito el ascenso emocional necesario para que se produjera la catarsis [purificación]. El punto geográfico guardaba un significado muy relevante para los fieles, al ser el espacio sagrado cargado de la energía telúrica del dios del lugar. Desde Asia Menor hasta Ampurias se han llegado a catalogar unos trescientos veinte santuarios dedicados a Asclepio [Esculapio para los romanos, dios de la medicina y la curación]. Pero, de todos esos centros de curación, el templo arquetípico fue siempre Epidauro, por ser el lugar en donde, según relata el mito, había nacido el dios.

Desde luego el entorno no podía ser más propicio: situado en un amplio valle al noroeste del Peloponeso, a casi siete kilómetros del mar, se encontraba bien resguardado por bosques y montañas, rodeado de árboles frondosos y provisto de agua abundante. El paraje estaba plagado de serpientes; pero éstas, sin ser venenosas, lejos de asustar a los viandantes, eran consideradas entonces como animales sagrados benéficos, protectores, por poseer el poder curativo del dios del lugar. En este apacible y armoniosos paisaje, se alzaba un imponente conjunto de templos, hoy totalmente destruidos, adonde acudían un buen número de peregrinos todos los años en busca de alivio para sus males. Dado que aún hoy en día el entorno natural puede infundir en el ánimo del viajero una especial sensación de agrado, no es difícil imaginar lo que debía representar en aquellos tiempos la entrada del suplicante —como llamaban entonces al peregrino—, cuando sus templos aún estaban en pie y sus alrededores se encontraban en todo su esplendor. ¿Qué sentimiento infundiría entonces todo ese portentoso conjunto arquitectónico y su entorno natural, en donde el más mínimo detalle se consideraba parte intrínseca de la terapia? Sólo cabe imaginarlo.

El visitante que solía llegar al recinto sagrado por el norte, lo primero que veía era un magnífico propíleo [pórtico] de mármol policromado de unos veinte metros de largo, compuesto por seis grandes columnas jónicas coronadas por una hilera de gárgolas con cabezas de leones rugientes; todas ellas estaban pintadas de vivos colores. Seguramente, el viajero quedaba impactado ante esas primeras muestras de vigorosa belleza; pero lo más significativo no era la armónica elegancia que transmitía todo el edificio, sino la inscripción pintada con pan de oro que relucía en el dintel de la entrada, pues revelaba en una sola frase todo el espíritu que albergaba este lugar:

    Puro ha de ser todo aquel que entre en el templo aromático.

    Pureza significa sólo tener pensamientos sagrados.

Una vez cruzada la entrada principal, el suplicante tenía que purificarse en el pozo; de este modo asumía el hecho de hallarse dentro de un lugar sagrado en el que su salud, desde ese momento, debía depender de su pureza interior. Después tomaba un camino de algo más de cien metros por un campo frondoso, salpicado de árboles, para luego pasar delante de un pequeño templo dedicado a la diosa Afrodita. Un poco más adelante, se encontraban los baños. Junto a las termas, se hallaba la biblioteca, muy cerca de los templos mayores, pero antes de pasar a describirlos podemos tomar un pequeño desvío hacia el sur, para no olvidarnos de uno de sus edificios más relevantes: el teatro. Situado a unos seiscientos metros del templo mayor, fue construido según el trazado de Policleto el Joven; su armoniosa forma semicircular y perfecta acústica sigue causando la sorpresa de los visitantes junto al buen estado de conservación en el se encuentran las gradas de piedra en donde podían sentarse catorce mil espectadores. […]

Al salir de este edificio y encaminarse al lugar en el que se celebraban las incubaciones […oníricas], el suplicante dejaba a su derecha un hotel de planta cuadrangular con alojamiento para ciento sesenta personas. Los que podían permitírselo se alojaban allí, por ser el hospedaje más idóneo y encontrarse junto al teatro, los baños y el gimnasio. El resto dormía a la intemperie envueltos en pieles de oveja. […]

Al continuar el camino, los suplicantes cruzaban la palestra —lugar donde se celebraban las competiciones de lucha— y, dejando al fondo el estadio…, y pasar de largo por los dos templos principales, se encontraban poco más adelante frente al ábaton. Construido en el siglo IV a. C., en la pared interior de su peristilo colgaban por todo el muro las tabletas votivas en recuerdo de las más memorables curaciones que habían tenido lugar en el templo. A lo largo de su columnata de más de setenta metros de largo, dormían cada noche los suplicantes. […]

A pocos metros de distancia se alzaba el templo dedicado a Asclepio, construido entre 380 y 370 a. C., obra del arquitecto Teódoto, de estilo dórico, como el resto de las edificaciones colindantes. Su modelo era el templo de Zeus en Olimpia, posiblemente con la intención de expresar la similitud entre estas dos divinidades, pues tanto su estatuaria, que muestra gran parecido físico con el Zeus de Olimpia, como el estilo de los materiales de construcción son idénticos. […] Cada una de sus estancias estaba decorada con escenas mitológicas, y en el lugar más destacado, a la trémula luz de las lámparas de aceite, resplandecía la imponente escultura de Asclepio, obra del escultor Trasímedes de Paros. Media la mitad de la estatua de Zeus en Atenas, pero era de oro y marfil.

A través de un velo transparente, extendido entre las dos paredes laterales, se podía contemplar la velada figura de Asclepio sentado majestuosamente en su trono. […] Junto al trono de Asclepio había un perro de mármol recostado. Como símbolo de la Gran Madre y de la diosa Luna, el perro, además de ser guardián de tesoros, ostentaba poderes oraculares y curativos. […]

Por último, llegamos al edificio más sugerente de todo el conjunto arquitectónico: el Thólos. Edificado en el siglo IV a. C. A partir de los planos y diseños de Polícleto el Joven, estaba todo decorada con frescos de Pausias. Visto sobre el plano, forma un dibujo geométrico de tres círculos concéntricos. […] Al referirse al Thólos, Pausanias lo denomina timele, que significa “altar de sacrificio”.

La pared interior del edificio estaba pintada con una curiosa escena mitológica en la que Eros había cambiado su arco y sus flechas por una lira. Esto podría sugerir que la música y el canto estaban, en honor de Apolo, muy presentes en todo el asclepion. La música ejerce un efecto catártico sobre el espíritu que los griegos conocían bien: Platón, entre otros, la consideraba de carácter divino. “

(Jacobo Siruela: “El mundo bajo los párpados”. 2010)

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