Banquete para Henri Rousseau

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Un día de 1908, Picasso, ya célebre por entonces, encuentra en las calles de París a Henri Rousseau intentando vender sus cuadros. Picasso reconoce el genio de Rousseau y organiza un banquete en su honor en el taller que el pintor español tenía en el Bateau-Lavoir.

Así lo cuenta Wilfried Wiegand (Alemania, 1937), periodista e historiador del arte, en su obra titulada “Pablo Picasso” (1973):

“En 1908 organizó, en su estudio en el “Bateau-Lavoir”, el famoso banquete para Henri Rousseau. Además de Apollinaire, Jacob, Salmon y los Stein, también asistió la joven pintora Marie Laurencin, quien ya desde muy pronto intentó unir, con gran encanto, la alegría narrativa de la pintura naïf con los principios del cubismo. Apollinaire fue quien la introdujo en el círculo y Fernanda Olivier, la amante de Picasso, la describió más tarde en sus memorias con bastante malicia. Se reunieron en el banquete unos treinta invitados. Maurice Raynal, como testigo ocular lo describió de la siguiente manera: “La sala de la fiesta era el estudio de Picasso. Era un verdadero granero… En las paredes, a las que se les había quitado su habitual ornamentación, sólo había unas máscaras negras colgadas, que eran muy bonitas, una tabla numismática y, en el lugar de honor, el gran retrato Yadwigha pintado por Rousseau. La sala estaba adornada con guirnaldas de farolillos. La mesa era una tabla larga sobre unos caballetes; la vajilla, una mezcla variada de los más diversos estilos y calidades de utensilios para comer.”  Al fondo de la habitación, según recuerda Fernanda Olivier, “había en el lugar destinado a Rousseau una especie de trono erigido con una silla puesta sobre un cojín y que se elevaba sobre un fondo lleno de banderas y farolillos. Encima había una gran pancarta que decía: “¡Viva Rousseau!”  Apollinaire recitó un poema improvisado y “el mismo Rousseau  –escribe Raynal–,  fua a buscar su violín, una especie de violín infantil, y tocó una de sus obras, titulada Clochettes. Seguidamente se habló de bailar. Como respuesta, el recaudador de aduanas empezó a tocar un vals que también había compuesto él: Clemence. El agitado aplauso que sonó le llenó de satisfacción… y a continuación se puso a cantar todas las canciones de su repertorio aunque nadie se lo había pedido”.

(Ilustración de cabecera: Amanda Hall. Para acceder a su web pinchar AQUÍ.)

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