Cajal, fotógrafo

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“El primer conocimiento que tuvo Cajal de la fotografía, aun cuando fuese el de un principio físico    –el de la imagen reflejada en un cuarto oscuro–   que inspiró todo el desarrollo posterior de este invento, fue debido a una casualidad ocurrida mientras cumplía un castigo escolar encerrado en un sótano. Allí tuvo la suerte de descubrir un fenómeno físico, el de la cámara oscura, que Leonardo y Jacomo della Porta estudiaron para sus reproducciones perspectivísticas, cuyo hallazgo transcendió para que se iniciase en los rudimentos de la óptica y, en consecuencia, se interesase posteriormente por la fotografía.

Pero la impresión que le produjo la fotografía ocurrió más tarde, en 1868, en la ciudad de Huesca y así lo explica en Mi infancia y juventud: “Ciertamente años antes había topado con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre. (…) Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos pude penetrar en el augusto misterio del cuarto oscuro. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación”. […]

Desde entonces comenzó su afición por el arte de la cámara oscura, ya que dos años después realiza sus primeras fotografías, tal como relata en su obra El mundo visto a los ochenta años: “Practico el arte de Daguerre desde los dieciocho años y conozco todas las tretas, trampantojos y abusos que con ella pueden cometerse. Me son familiares las artimañas del cine. Afirmo, pues, basado en dilatada experiencia, que cuando cae en mis manos inhábiles o sospechosas, no existe método de reproducción más feliz que la fotografía”.

Y él mismo nos esboza su vida fotográfica cuando en la introducción de su libro Fotografía de los colores, donde glosa “los encantos de la fotografía”, señala paso a paso su largo recorrido, por más de cincuenta años, a través de los paulatinos descubrimientos fotográficos que fueron sucediéndose en ese periodo tan importante para la historia de la fotografía; y dice así: “En mi larga carrera de cultivador de la placa sensible, he sorprendido todas sus fases evolutivas. De niño, me entusiasmó la placa daguerriana, cuyos curiosos espejismos y delicados detalles me llenaron de ingenua admiración. Durante mi adolescencia aspiré con delicia el aroma del colodión, proceder fotográfico que tiene los irresistibles atractivos de la dificultad vencida, porque obliga a fabricar por sí la capa sensible y a luchar heroicamente con la rebeldía de los baños de plata y la deseperante lentitud de la exposición. Alcancé después el espléndido periodo del gelatino-bromuro de Bennet y V. Monckhoven. Gracias a tan bello invento los minutos se convirtieron en fracciones de segundo. Ya fue posible abordar la instantánea del movimiento, fijar para siempre la velocidad incopiable del oleaje, reproducir la fisonomía humana en sus gestos más bellos y expresivos, sorprenderla, en fin, durante los cortos instantes en que, libre del velo de la infatuación o de la “posse”, la verdadera personalidad del modelo asoma por ojos y labios. […]

Faltaba todavía alcanzar el soñado ideal, es decir, descubrir medios prácticos para fotografíar los colores, trocando la siniestra visión del buho por la riente visión del hombre. Y este ideal, quimera inaccesible al parecer, se ha realizado al fin”.

(Alfredo Romero: “Santiago Ramón y Cajal: vida y obra fotográficas”. 1984)

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