Cines

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“Pero la entrada del cine en su edad adulta, su consideración como medio artístico respetable, tiene mucha relación con un cambio importante en las modalidades de exhibición. En 1913 el célebre magnate de los espectáculos Samuel L. Rothapfel abrió en Nueva York el Regent Theatre; éste fue el primer local de lujo donde las presentaciones cinematográficas podían competir con otros espectáculos tradicionales como el teatro o la ópera. La arquitectura vágamente española del edificio, con una columnata “italiana” en el exterior, no pasó desapercibida a los espectadores. Su concomitancia con los decorados filmados en la película de la presentación fue señalada por el crítico de Motion Picture News: “La película inaugural fue The Last Days of Pompeii. El señor Rothapfel ha situado a esta excelente producción en un entorno tan agradable, tan perfecto en sus detalles artísticos, que parece como si el lugar fuese un prerrequisito para la película y, por consiguiente, deban ir conjuntamente”.

La idea tuvo éxito y al año siguiente los neoyorquinos asistieron boquiabiertos a la apertura del Strand Theatre, en Broadway: el público pudo ver cómo las películas eran exhibidas en un “palacio” con lámparas de cristal, láminas de oro y diversas obras artísticas; acomodadores impecablemente uniformados conducían a los clientes hasta sus asientos pisando alfombras elegantes. El precio de la entrada, 25 centavos, era alto para la época, pero no debemos olvidar que el espectáculo venía acompañado por la actuación de una orquesta compuesta por treinta músicos y un órgano Wurlitzer. Como bien recuerda Lucinda Smith, “cuando los cines fueron dignificados, las películas alcanzaron respetabilidad”. Por lo que podemos saber, ningún espectador se sentía decepcionado en aquellas veladas. Para muchos de ellos era la única oportunidad de participar del lujo y el esplendor reservado tradicionalmente a las minorías privilegiadas. Los palacios cinematográficos surgieron por todas partes apoyados en la entusiástica acogida de las masas. Es interesante constatar que esto coincidió con la consolidación del sistema de los estudios y la progresiva elaboración en los mismos de todas las arquitecturas necesarias para la ficción dramática. El testimonio de King Vidor tiene un valor extraordinario para nosotros: “Cuando llegué por primera vez a San Francisco en 1915  —escribe—, se estaba proyectando en el cine Savoy, con una orquesta de ochenta músicos, Birth of a Nation, de Griffith. La película y la sala cinematográfica competían con la grandeza de la Exposición del Pacífico-Panamá, abierta entonces en Golden Gate Park. Para mi, al menos, era la Exposición la que sufría más con la comparación”.

(Juan Antonio Ramírez: “La arquitectura en el cine. Hollywood, la Edad de Oro”, 1986)

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