Coketown

000 Coketown

 

000 Coketown

“Coketown, hacia donde se dirigieron los señores Bounderby y Gradgrind, era el triunfo del hecho; una ciudad tan poco contaminada por la fantasía como la misma señora Gradgrind. Permítasenos, antes de seguir con nuestra melodía, presentar la nota dominante: Coketown.

Coketown era una ciudad de ladrillos rojos, o de ladrillos que habrían sido rojos si el humo y las cenizas lo hubieran permitido; pero tal como estaban las cosas era una población de un rojo y un negro nada naturales, algo así como la cara pintarrajeada de un salvaje. Era también un lugar de maquinaria y chimeneas altas, de las que brotaban —sin detenerse nunca, ni llegar a desenredarse— interminables serpientes de humo. Tenía un canal negro y un río de un extraño color morado gracias a un tinte maloliente, y grandes aglomeraciones de edificios, llenos de ventanas, que retumbaban y temblaban a lo largo de todo el día, y donde los pistones de vapor trabajaban monótonamente arriba y abajo como cabezas de elefante en un estado de locura melancólica. Coketown contenía varias calles muy grandes, todas muy semejantes unas a otras, y muchas calles pequeñas todavía más parecidas entre sí, habitadas por personas también iguales unas a otras, que entraban y salían todas a las mismas horas, produciendo el mismo ruido sobre las mismas aceras, para hacer el mismo trabajo, y para quienes todos los días eran iguales, sin diferencias entre el ayer y el mañana, y todos los años la repetición de los anteriores y de los siguientes.

Tales atributos de Coketown eran básicamente inseparables de la industria que servía para sostener a la ciudad. Se les podía oponer en contrapartida las comodidades que se van extendiendo por todo el mundo, y los refinamientos de la existencia que contribuían —no nos detendremos a explorar en qué medida— a crear a la dama elegante que difícilmente soportaría oír el nombre de la población que acabamos de mencionar. Las otras características de Conketown, que describiremos a continuación, eran más específicamente suyas.

No se veía en la ciudad nada que no recordara la estricta disciplina del trabajo. […] Todos los carteles de la ciudad estaban pintados de la misma manera, con sobrios caracteres en blanco y negro. La cárcel podría haber sido el hospital y el hospital la cárcel, el ayuntamiento podría haber sido cualquiera de los dos o ambos, o cualquier otra cosa, visto que ningún detalle arquitectónico indicaba lo contrario. Hechos, nada más que hechos por todas partes en el aspecto material de la ciudad; y también hechos, nada más que hechos, en el inmaterial. La escuela M´Choakumchild era toda hechos, al igual que la de dibujo industrial; también eran hechos la relaciones entre amo y criado; y nada más que hechos todo lo que sucedía entre el hospital en el que se nacía y el cementerio donde se descansaba, y todo lo que no se podía exprear en cifras, o demostrar que se podría comprar en el mercado más barato y vender en el más caro, ni era ni sería nunca, por los siglos de los siglos, amén.”

(Charles Dickens: “Tiempos difíciles”. 1854)

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