Comics y guitarras

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“El cómic se ha mantenido oculto entre las minorías a pesar de haber nutrido sin descanso al cine, al celuloide, con argumentos y personajes obscenamente lucrativos, y eso demuestra que seguimos enfrentándonos a una de las manifestaciones artísticas más indigestas e incómodas para los devoradores de cultura. La viñeta siempre ha esquivado a las masas y, con un empecinamiento pollino, ha tratado de eludir constatemente los caminos que la música, el cine o la literatura han tomado en pos de la aceptación masiva. No hay explicaciones plausibles que determinen las razones por las que todavía hoy, en estos días de mercantilismo agresivo, los cómics sigan siendo uno de los asideros más firmes para los escaladores de la cultura marginal. Lo cierto es que, en la actualidad, no hay otro medio adaptado a las exigencias del mercado con semejante capacidad de subversión, sorpresa y reinvención. En el tablero del ocio, el tebo es una “rara avis” que juega con otras fichas y sus propias reglas, un fascinante arte que, alejado de la protervia industrial, todavía conserva un ápice de autenticidad y consigue apartarse de los sutiles embelecos procedentes de tantos y tantos escenarios, libros y pantallas de cine. Fascinación en estado puro.

Con el advenimiento de la postmodernidad, los movimientos juveniles de carácter subversivo han tendido a corromperse mutuamente en una suerte de endogámica búsqueda de inspiración, siempre de agradecer por un público receptivo a cualquier forma de expresión ajena a las corrientes masivas. La música y el cómic, pues, han tenido casi la obligación de entenderse y nutrirse el uno al otro, eso sí, siempre desde las trincheras de la independencia. Sería absurdo plantearlo de otro modo. Es preciso estudiar el fenómeno de la interacción entre el pop y el tebeo desde el prisma de la marginalidad para llegar a comprender cuántos resortes comparten ambos artes y descubrir la paridad filosófica que existe entre la viñeta y la música independiente. Y es que durante los últimos treinta años, cómic y guitarras han compartido la necesidad de rebelarse ante una sociedad con la que no se sienten identificados y de reafirmarse ante unos seguidores necesitados de unas armas, de una identidad  colectiva, con las que combatir. Los desheredados, pues, han sido los que han acudido en estampida a las cubetas de The Stooges, han comprado la discografía de Codeine tras una ruptura y se han tumbado en la cama hipnotizados por la electricidad de Mogwai. Pero también han acudido al “Odio” de Peter Bagge para reírse de sí mismos, se han visto retratados en las páginas de Ghost World o han hurgado más en la herida con las historias de Adrian Tomine. Esa duplicidad inédita todavía entre los compradores de subcultura españoles apenas se acusa entra clientela anglosajona. Mientras aquí seguimos centrando nuestros esfuerzos en una sola disciplina, eso sí, con una lealtad pasmosa, en otros países con más tradición musical y mayor bagaje historietístico ambas manifestaciones culturales se respetan por igual y se utilizan como armas de evasión por los “outsiders” con las mismas reservas de respeto.”

(Óscar Broc: “Cómics: plan de huida para inmensas minorías”. En: “Teen Spirit. De viaje por el pop independiente”, 2004.)

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