Contar hasta cuatro…

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“…pongámomos frente a una serie de seres u objetos análogos alineados y propongámonos indicar su número de un solo y rápido vistazo (es decir, sin ningún artificio). ¿Hasta donde podremos llegar?   Podemos distinguir sin equivocarnos y a primera vista uno, dos, tres e incluso cuatro elementos, pero aquí se acaba nuestro poder de identificación de los números. Más allá de cuatro, todo se confunde en nuestro espíritu y nuestra visión global ya no nos sirve de nada. ¿Hay veinte o quince platos en esta pila? ¿Diez o quince peldaños en esa escalera?   Es necesario contarlos para saberlo.  El ojo, por así decirlo, no es un “instrumento de medida” lo suficientemente preciso; ¡su poder de percepción directa de los números rebasa muy pocas veces (por no decir nunca) el número cuatro!   […]

Un ejemplo: en latín los nombres de los cuatro primeros números (unus, duo, tres, quatuor) eran los únicos que se declinaban:  a partir del quinto, los nombres de los números no tenían ni declinación ni género.   Asimismo, los nombres que los romanos solían conceder a sus hijos del sexo masculino (¡en aquella época las hijas no tenían nombre propio!) eran, hasta el cuarto inclusive, apelativos particulares con formas normales, como por ejemplo: Appius, Aulius, Gaius, Marcus, etc. En cambio, a partir del quinto se limitaban a llamar a sus hijos con simples nombres de números: Quintus (el quinto), Sextus (el sexto), Octavius (el octavo), Decimus (el décimo), o incluso Numerius (“numeroso”). Pensemos, por ejemplo, en el analista Quintus Fabius Pictor, en el poeta Quintus Horatius (más conocido con el nombre de Horacio), en Sextus Pompeius Magnus (hijo del gran Pompeyo), así como en el poeta satírico Juvenal, que en realidad se llamaba Decimus Junius Juvenalis.

También hay que observar que los cuatro primeros meses del año romano primitivo (el llamado de Rómulo) eran los únicos que tenían nombres particulares (Martius, Aprilis, Maius, Junius), porque a partir del quinto, los nombres de los meses no eran sino números de orden: Quintilis, Sextilis, September, October, November, December. […]

Las civilizaciones egipcia, sumeria, elamita, babilónica, fenicia, griega, maya, azteca y muchas más nos corroboran estos hechos. […]

Imaginemos ahora un grupo de indígenas. Todavía no son capaces de concebir los números abstractos, pero sin embargo saben salir del paso y obtienen resultados satisfactorios cuando se trata de cantidades relativamente reducidas. Para ello se valen de todo tipo de intermediarios concretos. Para la mayoría de las veces, “cuentan visualmente” utilizando la siguiente técnica corporal:

Se tocan sucesivamente, uno a uno, los dedos de la mano derecha a partir del más pequeño, después la muñeca, el codo, el hombro, la oreja y el ojo del lado derecho. Luego se tocan la nariz y la boca, después el ojo, la oreja, el hombro, el codo y la muñeca del lado izquierdo, para terminar por el dedo meñique de la mano izquierda. Se llega así al número 22. Si ello no bastare, se añaden primero los pechos, las caderas y el sexo, después la rodillas, los tobillos y los dedos del pie derecho e izquierdo. Lo que permite alcanzar diecinueve unidades suplementarias, es decir un total de 41.”

(Georges Ifrah: “Las cifras. Historia de una gran invención”. 1985)

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