Conversando con las nubes

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   “Solía pasear por los mercados vestido de manera extravagante. Llevaba una túnica de damasco, de colores cálidos y brillantes, que le llegaba hasta los pies, babuchas doradas y exhibía una cuidada barba ondulada y rubia. Le seguía a temerosa distancia una corte de admiradores y alumnos que estaban a la espera de algún extraño gesto suyo. De pronto, sin mediar palabra alguna, se acercaba a una parada de pájaros, abría las jaulas y se alejaba. Sus hechos imprevisibles se contaban de mercado en mercado.

   Se decía que salía de la ciudad al atardecer y se adentraba en los bosques inseguros. De regreso, mencionaba que había conversado con las nubes y que algún día se adentraría en alguna de las cuevas de los montes que ciñen Florencia: Leonardo era el adivino que podía tratar con los monstruos.

   Su capacidad de poner en evidencia la lógica de lo insólito se manifestaba en sus dibujos. Sin embargo, no era un cultivador de lo extraño porque sí. Amaba y defendía la belleza de la tierra, aunque tenía un insólito y nuevo, casi oriental sentido de la belleza. Para él, ni la medida, ni la regularidad, ni la luminosidad de los colores eran símbolos de belleza, sino que creía que la belleza se manifestaba en cualquier ser vivo, ya fuera un niño, un ángel, un anciano desdentado o las nubes cuando desfilaban.

   Sabía que la pintura debía cultivar la belleza y que estaba a su servicio, pero también defendía el derecho del artista a crear sus propias magnificencias”.

     (En: Pedro Azara: “De la fealdad del arte moderno”, 1990)

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