Delfos, el ombligo del mundo

Cuenta el mito que en un momento perdido en la noche de los tiempos, Zeus y Atenea se enzarzaron en una discusión sobre cuál era el auténtico centro del mundo. Atenea aseguraba que estaba en Atenas, su ciudad protegida de la que era su patrona, pero Zeus no estaba conforme, así que para zanjar la discusión decidió soltar dos águilas, cada una de ellas desde uno de los confines de la tierra. Tras un largo vuelo, las aves chocaron precisamente sobre la ladera del monte Parnaso, justo donde hoy se encuentra Delfos. Por eso mismo, allí, en el interior del templo de Apolo, se custodió durante siglos una piedra cónica (un omphalos  u “ombligo”), que marcaba el centro del mundo y que para algunos autores pudo ser en origen un meteorito, lo que explicaría que se considerara una pieza sobrenatural desde tiempos prehistóricos. Hoy el ónfalos original se ha perdido, pero en el museo del santuario se conserva una copia de época helenística.

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Omphalos. Museo de Delfos.

Delfos era un lugar de culto antes de la llegada de los dioses olímpicos, Apolo y Atenea. Las excavaciones nos informan que desde la época micénica se elevaban allí habitaciones y santuarios. El recuerdo de los antiguos dioses, sobre todo de la antigua Gran Diosa minoica, identificada con la Tierra, permanecía vivo en la memoria de los griegos.

Más adelante y según nos relata el himno homérico en honor de Apolo Pitio, el dios, nacido en Delos, se instala en Delfos después de haber matado con su potente arco al Dragón hembra, a la Bestia enorme y gigante, que debía de ser el guardián del antiguo oráculo de la Tierra. En efecto, el dragón, o la serpiente, es el animal siempre asociado a los cultos telúricos. Se lo llamaba Pitón, nombre evidentemente relacionado con Pito, con el calificativo de Pitio que se le daba al dios, con la designación de Pitia que se daba a la profetisa y con la de píticos que se daba a los grandes juegos de Delfos.

El mismo himno nos relata cómo Apolo se convirtió en delfín para atraer a un barco cretense, del que quería utilizar a sus navegantes como sacerdotes; los cretenses efectivamente desembarcaron y fundaron Crisa y se les encargó ser sacerdotes del templo y que adorasen al dios bajo el nombre de Apolo Delfinio para rememorar su conversión en delfín, de donde vino el nombre de Delphi.

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Templo de Apolo en Delfos.

Respecto al origen del santuario nos cuenta lo siguiente Diodoro Sículo, historiador griego del S. I a.C:

Fueron cabras las que, en los templos antiguos, descubrieron el oráculo y por esta razón, todavía en nuestros días, los délficos sacrifican con preferencia cabras antes de la consulta. Se dice que el descubrimiento se produjo de la siguiente manera. Había una grieta de la tierra en el lugar en que se encuentra actualmente lo que se llama el ádyton del santuario. Unas cabras estaban pastando alrededor de esa grieta; el sitio de Delfos no estaba todavía habitado. Cada vez que una cabra se aproximaba a la grieta y miraba en ella, se ponía a brincar de un modo asombroso y a balar con un tono diferente del que se le conocía hasta ese momento. El pastor, asombrado del prodigio, se aproximó a la grieta para ver de qué se trataba y le ocurrió lo mismo que a las cabras; éstas, en efecto, se comportaban como las personas presas del fenómeno del entusiasmo, y su guardián se puso a predecir el futuro. Después de esto, el rumor de lo que ocurría cuando alguien se acercaba a la grieta se difundió entre los campesinos, quienes acudieron en gran número al lugar. En razón del prodigio, todos hacían la prueba, y cada vez que alguno se aproximaba, entraba en estado de entusiasmo. Por eso, el lugar del oráculo fue tenido por milagroso y se estimó que se trataba de un oráculo de la Tierra. Durante cierto tiempo, los que querían consultar el futuro se aproximaban a la grieta y se entregaban los oráculos mutuamente. Luego, como muchos se lanzaban a la grieta bajo el efecto del entusiasmo y, sin excepción, desaparecían en ella, los habitantes de la región, para proteger a todos del peligro, juzgaron conveniente poner a una mujer como única profetisa para todos y hacerse dar los oráculos por ella. Se le construyó un artefacto sobre el cual ella subía y así, bien asegurada, recibía la inspiración y daba oráculos a quien lo deseara. El artefacto constaba de tres soportes, de donde su nombre de trípode; era casi en todo igual a esos artefactos que se fabrican aún en nuestros días, los trípodes de bronce.

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