Dioses de la tierra y dioses del cielo

000 Tellus Ara Pacis

 

000 Tellus Ara Pacis

“La historia política de Grecia es la de muchos pequeños Estados, compuestos con mucha frecuencia de una sola ciudad con pocas hectáreas de tierra alrededor. Jamás constituyeron una nación. Pero a hacer de ellos lo que suele llamarse una civilización contribuyeron dos cosas: una lengua común a todos, por encima de los dialectos particulares, y una religión nacional, por encima de ciertas creencias y cultos locales.

En cada una de estas pequeñas ciudades-Estado, el centro estaba constituido por el templo que se alzaba en honor del dios o de la diosa protectora. Atenas veneraba a Atenea, Eleusis a Deméter, Efeso a Artemisa, y así sucesivamente. Sólo los ciudadanos tenían derecho a entrar en aquellas catedrales y de participar en los ritos que en ellas se celebraban: era una de los privilegios que más apreciaban. Los más trascendentes acontecimientos de su vida (nacimiento, matrimonio, muerte) habían de ser consagrados en los templos. Como en todas las sociedades , cualquier autoridad (desde la del padre sobre la familia a la del “arconte” sobre la ciudad) había de ser “ungida por el Señor”, o sea que era ejercida en nombre de un dios. Y dioses los había para personificar todas las virtudes y todos los vicios, todo fenómeno de la tierra y del cielo, cada éxito y cada desventura, cada oficio y cada profesión.

Los mismos griegos no lograron jamás poner orden y establecer una jerarquía entre sus protectores, en nombre de los cuales también se enzarzaron en muchas guerras entre sí, reclamando cada cual la superioridad del dios suyo. Ningún pueblo los ha inventado, maldecido y adorado jamás en tal cantidad. Y esta plétora es debida a la mezcla de razas (pelasga, aquea y doria) que se superpusieron en Grecia, invadiéndola en oleadas sucesivas. Cada una de ellas traía consigo sus propios dioses, pero no destruyó los que ya estaban instalados en el país. Cada nuevo conquistador degolló un determinado número de mortales, pero con los inmortales no quiso líos y los adoptó, o por lo menos los dejó sobrevivir. De modo que la interminable familia de dioses griegos está dividida en estratos geológicos, que van de los más antiguos a los más modernos.

Los primeros son los autóctonos, es decir, los de las populaciones pelasgas, originarias del territorio, y se reconocen porque son más terrestres que celestes. En cabeza figura Gea, que es la Tierra misma, siempre encinta u ocupada en amamantar como una nodriza. Y detrás de ella viene al menos un millar de deidades subalternas, que viven en las cavernas, los árboles y los ríos.

El Olimpo, o sea la idea de que los dioses moraban no en la tierra, sino en el cielo, la llevaron a Grecia, los invasores aqueos. Estos nuevos amos, cuando llegaron a Delfos donde se alzaba el más majestuosos templo a Gea, la sustituyeron por Zeus, y poco a poco impusieron también en todo el resto del país sus dioses celestes a los terrestres que ya eran venerados, pero sin barrerlos. Así se formaron dos religiones: la de los conquistadores, que constituían la aristocracia dominante, con sus castillos y palacios, que rezaba mirando al cielo; y la del pueblo llano dominado, en sus chozas de adobe y paja, que rezaba mirando a la tierra. Homero nos habla solamente de los olímpicos, o sea celestes, porque estaba a sueldo de los ricos. […] Y de esta “religión para señores”, Zeus es el rey.”

(Indro Montanelli: “Historia de los griegos”. 1963)

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