Donde el Hudson se emborracha de aceite

000 NuevaYork1931

 

000 NuevaYork1931

 

“Debajo de las multiplicaciones / hay una gota de sangre de pato. 
Debajo de las divisiones / hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando / por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa / en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé. / Y los anteojos para la sabiduría, 
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre, 
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra. 
Todos los días se matan en New York / cuatro millones de patos, 
cinco millones de cerdos, 
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas, / un millón de corderos 
y dos millones de gallos / que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja 
o asesinar a los perros / en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada / los interminables trenes de leche, 
los interminables trenes de sangre

y los trenes de rosas maniatadas / por los comerciantes de perfumes. 
Los patos y las palomas / y los cerdos y los corderos 
ponen sus gotas de sangre / debajo de las multiplicaciones; 
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle 
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente / que ignora la otra mitad, 
la mitad irredimible / que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones / de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos / en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara. / La otra mitad me escucha 
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías / que llevan frágiles palitos 
a los huecos donde se oxidan / las antenas de los insectos. 
No es el infierno, es la calle. 
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados / y distancias inasibles
en la patita de ese gato / quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz / en el corazón de muchas niñas. 
Óxido, fermento, tierra estremecida. 
Tierra tú mismo que nadas / por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera / y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola / asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen / por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio. / Yo denuncio la conjura 
de estas desiertas oficinas / que no radian las agonías, 
que borran los programas de la selva, / y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas / cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.”

(Federico García Lorca: “New York. Oficina y denuncia”. En: “Poeta en Nueva York”.

Be the first to comment on "Donde el Hudson se emborracha de aceite"

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*