El arte como mercancía

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Al llegar la era capitalista, el artisa se encontró en una situación muy peculiar. El rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba: el capitalismo lo convertía todo en mercancía. Con un aumento entonces inimaginable de la producción y de la productividad, con la extensión dinámica del nuevo orden a todas las partes del globo y a todas las zonas de experiencia humana, el capitalismo disolvió el viejo mundo en una nube de moléculas revoloteantes, destruyó todas las relaciones directas entre el productor y el consumidor y canalizó todos los productos hacia un mercado anónimo, donde debían venderse o comprarse. Hasta entonces, el artesano trabajaba para un cliente particular. El productor de mercancías del mundo capitalista, en cambio, trabajaba para un comprador desconocido. Sus productos desaparecían en el torrente de la competencia, hacia el mar de la incertidumbre. La producción de mercancías que se propagaba por todas partes, la creciente división del trabajo, la escisión de cada tarea, el anonimato de las fuerzas económicas: todo esto contribuyó a destruir el carácter directo de las relaciones humanas y condujo a una creciente alienación del hombre, a un creciente alejamiento de la realidad social y de sí mismo. En aquel mundo, el arte se convirtió también en una mercancía y el artista en un productor de mercancías. El mecenazgo personal fue sustituido por un mercado libre cuyo funcionamiento era difícil o imposible de comprender, por un conglomerado de consumidores innominados, el llamado “público”. La obra de arte se sometió cada vez más a las leyes de la concurrencia.

Por primera vez en la historia de la humanidad, el artista se convirtió en artista “libre”, en personalidad “libre”, libre hasta lo absurdo, hasta la soledad glacial. El arte se convirtió en una ocupación medio romántica, medio comercial.

Durante largo tiempo, el capitalismo consideró el arte como algo sospechoso, frívolo  oscuro. El arte “no compensaba”. La sociedad precapitalista tendía a la extravagancia, al gasto frívolo en gran escala, a la diversión lasciva y a la promoción del arte. El capitalismo se caracterizaba por el cálculo sobrio y por la regla puritana.”

(Ernst Fischer: “La necesidad del arte”. 1959)

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