El arte en tiempos de Shakespeare

“La vida, la obra, la muerte del hombre William Shakespeare nos resultan más decisivas que la mayoría de esos fuegos artificiales llamados batallas o revoluciones. Nada más lógico que, a partir de su figura, tratemos de indagar en el arte que le fue contemporáneo.

En primer lugar veamos en qué andaba el arte inglés a fines del siglo XVI. La Inglaterra de la época está tácitamente en su teatro si lo sabemos descifrar. No tanto quizá en el propio de Shakespeare que desemboca siempre en lo intemporal, es decir en lo eterno, sino en algunos de esos otros autores violentos y sensuales. […] Sí, el mundo inglés de fines del siglo XVI debía de ser más rudo que el que conocemos de sangre más caliente y más espesa. Un verde país despoblado en el que sólo Londres hacía papel no tanto de gran ciudad como de ciudad grande. Sobre las colinas del campo, bravo como un cardo, apenas si asomaba, al cabo de horas de caminos barrosos, la flecha de una iglesia ya anglicana, o las torres de algún castillo inútilmente fortificado en tiempos de la monarquía absoluta.

En efecto, los reyes se hacían ya palacios indefensos como el Hampton Court de Enrique VIII, Támesis arriba. Y los nobles y ricos, mansiones de ladrillo o de piedra: cúbicas, torpes, con grandes ventanales encristalados como único atrevimiento. […] Arquitectos propiamente dichos no los habrá hasta poco después, cuando Íñigo Jones inaugure la serie; ese Íñigo Jones, campeón de Palladio y que llegará a ser arquitecto de su Majestad Isabel de Inglaterra. En el resto del país se continuaban levantando esas humildes y confortables casitas de mampostería y madera, cubiertas de tejas o de paja que modulan el paisaje inglés, ahogadas entre jardines un poco deliberadamente salvajes.

De la pintura y la escultura inglesas contemporáneas poco hay que decir. Medio siglo antes habían llegado los escultores italianos –o sus obras– que aportaban las buenas nuevas del Renacimiento. De ellos procedía esa invasión de tumbas graciosas talladas en el famoso mármol blanco de Carrara. Los encapuchados y las lloronas de los grandes sepulcros del siglo XV se veían suplantados ahora por los amorcillos, las guirnaldas y todo un repertorio riente que interpretaba la muerte como el tema de un perpetuo renacer.

Pasado también el tiempo en que un gran pintor como Holbein –antípoda de lo italiano– hubiera florecido en la corte del pendenciero y ávido rey Enrique. Sólo quedaba en tiempos de Shakespeare algún miniaturista como Nicholas Hillyard, a mitad de camino entre la ingenuidad perversa y el amaneramiento. Ya que no había sonado tampoco la hora de que llegara ese caballero pintor, discípulo de Rubens, que se llamó Antonio Van Dyck. Padre de la futura “Escuela inglesa”, Van Dyck se dedico a inmortalizar a gentes poderosas e insignificantes en jardines oscuros como un salón palaciego.

¿Resultaba acaso tan desolador el arte en el resto de Europa? En absoluto. De Italia venía esa luz fija, esplendorosa, cambiante que iba a durar tres largos siglos. En 1564, año de nacimiento de Shakespeare en Stratford, moría Miguel Ángel. Su “Biblioteca” y su “Sacristía nueva”, en San Lorenzo de Florencia estaban terminadas. Su palabra mayor –en términos de arquitecto–, la cúpula de San Pedro en Roma, quedaba a medio articular. […]

Al tiempo de nacer Shakespeare comenzaban en Roma las obras del “Gesú”, iglesia-madre de la compañía de Jesús. Si el interior es de Viñola –el tratadista de la arquitectura–, la fachada es obra de otro gran arquitecto contemporáneo: Giacomo della Porta. Ambos resultan dos de los anunciadores del futuro estilo barroco que nunca iba a prender en Inglaterra. Más importante en ese sentido resulta Andrea Palladio. […]

Aunque Shakespeare no haya llegado a ver nunca esos prodigios que fueron sus contemporáneos, nosotros no podemos dejar de pensar qué bien se llevan en la imaginación las comedias de Shakespeare y esas grandes casas de campo de Palladio: unas y otras están gobernadas por un mismo sentido de la majestad, de la intriga complicada, del desenlace feliz.

No habrá soñado tampoco Shakespeare con los palacios que, en Francia, se mandaban hacer: el rey, sus cortesanos o sus favoritas una vez que abandonaron el Loira por los alrededores de París. Los arquitectos de esos palacios fueron, sobre todo, el gran Philibert Delorme y Pierre Lescot, quien colaboraba con el escultor Jean Goujon, cuyo arte es superior al de cualquier pintor francés de la época.

En España, después de un momento desbordante como el que corresponde al gótico Reyes Católicos y al plateresco, el fugaz esposo de María Tudor, Felipe II se mandaba hacer un monasterio-palacio, El Escorial, que iba a cambiar todas las normas arquitectónicas de su tiempo. El rey quería hacer perdurar en granito incorruptible un acto de fe, el voto que intimamente pronunció a raíz de la batalla de San Quintín, que ganaron sus tropas a las órdenes de Manuel Filiberto de Saboya.

Si Palladio inauguraba la serie de la gran casa rural entre jardines, Toledo y Herrera –arquitectos de Felipe II– inventaban con El Escorial el tipo moderno de edificio heterogéneo, modelo de todos los futuros grandes conjuntos europeos durante tres siglos al menos.

A la muerte de Miguel Ángel la escultura quedaba huérfana en Italia. Apenas si Sansovino en Venecia y Giambologna en Florencia daban señales de un talento menor aunque certero. Hasta en la gran estatuaria ambos no hacían sino perseguir el preciosismo de la forma de aquel gran orfebre que fue Benvenuto Cellini. Las forzudas y densas estatuas de Miguel Ángel se iban a transformar en manos de Sansovino y de Giambologna en rebuscadas figuras nerviosas y amaneradas. El próximo gran escultor italiano iba a ser Bernini, pero como todos los hombres verdaderamente excepcionales, Bernini no podía ser previsto.

La pintura había quedado también señalada por el paso gigantesco de Miguel Ángel. Los frescos del testero y del techo de la Sixtina cambiaban para siempre las nociones de monumentalidad, de dinamismo, de composición. Roma tendrá que recurrir a artistas del norte de Italia, boloñeses como la dinastía de los Carracci, para que le pinten el núevo énfasis que reclama la Contrarreforma.

Más trascendentes que estos decoradores eran los pintores venecianos aun en vida: Tiziano, Veronés, Tintoretto. Tiziano –que murió casi centenario en 1576– había especulado sobre la belleza femenina y se había hecho insustituíble en el retrato psicológico de gran aparato.

A su lado Veronés –muerto en 1588– no es sino un decorador, aunque genial. Capaz de mover todo un pueblo de grandes figuras y de hacer estallar las bóvedas por cuyas brechas se descubre un gran cielo azul. Tintoretto –cuya vida alcanzó hasta el año 1594– es en cambio el tipo de continuador-opositor de Tiziano: un violento, un audaz que trastrueca la perspectiva, los escorzos, utilizando un claroscuro violento de tintas saturadas que aun en la penumbra conservan una viva riqueza de color.

Todo esto ocurría en Italia mientras Shakespeare vivía su enigmática juventud, de la cual apenas conocemos algunos datos como su casamiento en edad muy tierna con Ann Hathaway, ocho años mayor que él. Para cuando empieze a estrenar sus obras y a tener buen éxito, otro pintor estará revolucionando el arte italiano. Y ese artista no será otro que el príncipe de los tenebristas: Miguel Ángel Merisi de Caravaggio, aldea lombarda donde nació en 1573. En la pintura de Caravaggio se juega el eterno problema de la luz y de la sombra, tema fundamental en la pintura del siglo XVII. Zurbarán, Velázquez, Rembrandt, tres de los mayores pintores de este tiempo provendrán, de un modo o de otro, de la lección de Caravaggio.

Si Caravaggio es un violento golpe de timón hacia la crudeza de la vida, hacia la vulgaridad –cuyo paralelo no falta, por cierto, en la obra de Shakespeare–, otro gran pintor de la época, El Greco, imaginará los espacios abarrotados de ángeles, la torsión de los cuerpos consumidos por el fuego de la pasión celeste. […]

Con cada uno de estos pintores violentos coincide Shakespeare en algo. Con Tintoretto y Caravaggio en el contraste de escenas claras y oscuras. Menos exaltado que El Greco, tiene sin embargo con él también algún punto de contacto: la apertura al mundo de lo desconocido, de lo irracional. En el pintor la visión exasperada se traduce en el paroxismo de actitudes, en el color azufrado de alta temperatura pasional. En el escritor, en la presencia frecuente de genios, duendes, brujas y, sobre todo, de espectros que vienen del otro lado de la tumba a reclamar sus derechos en un relámpago terrible.

Otro gran pintor tuvo ese fin de siglo: el holadés Peter Breughel, imaginero que, por una parte continuaba la visión interior de Hyeronimus Bosch –que los españoles llaman el Bosco– y, por otra, comentaba implacablemente la vulgaridad popular. El historador del arte E. H.. Gombrich hace un paralelo interesante entre Shakespeare y Breughel: “En realidad hombre de ciudad, su actitud con respecto a la vida rústica de la aldea fue muy semejante a la de Shakespeare, para el que Quince el carpintero y Bottom el tejedor eran una especie de payasos. Fue costumbre en su época considerar al hombre de campo como un personaje festivo. No creo que ni Shakespeare ni Breughel aceptaran esa costumbre por esnobismo, sino porque en la vida rústica la naturaleza humana se advierte con menor disimulo, libre del barniz artificioso y convencional de la “gente bien”. Así, cuando ellos querían poner de manifiesto la insensatez de la humanidad acostumbraban tomar por modelo la vida popular”.

Para completar este museo –que rodea a Shakespeare sin tocarlo– habría que recordar también la prodigiosa galería de retratos que nos ha legado el siglo XVI. Franceses, alemanes, flamencos, holandeses, españoles, italianos, todos han descollado en el arte del retrato. Sin duda porque esa gran curiosidad psicológica era uno de los rasgos dominantes de la época. Sin forzar los parecidos con la pintura diríamos que Cervantes y Shakespeare –muertos ambos en 1616– se propusieron igualmente componer un herbario de rostros, y sobre todo, un herbario de almas. Aunque los retratos literarios de estos dos autores son aún más vastos y profundos que la mayoría de los retratos pintados. Con ellos tenemos siempre la impresión de asomarnos a una ventana que se abre sobre lo universal.

Esa multitud de autores coincidieron –para desesperación de biógrafos– en un solo y único hombre perteneciente a la clase media de Stratford, que se casó, tuvo hijos, estrenó treinta y seis obras de teatro, se ganó la vida como actor y mucho se preocupó por su título de caballero y por su escudo de armas, en el que una leyenda francesa reza orgullosamente: Non Sans Droyct. Esta infinidad de hombres heterogéneos murieron un día de abril de 1616, el día preciso en que murió en Stratford William Shakespeare.”

(Damian Carlos Bayón: “Shakespeare y el arte de su tiempo”. 1964)

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