El Capricho de Gaudí

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Comillas es una localidad cántabra muy especial, pues por ser residencia veraniega de lo más granado y adinerado de la sociedad finisecular del S. XIX, atesora un magnífico repertorio de edificios modernistas e historicistas que la convierten en una referencia para el estudio de esa etapa en la historia de nuestra arquitectura.

Cuenta con una entrada al cementerio realizada por Domènech i Montaner, en donde destaca la famosa escultura del Ángel exterminador tallada por Josep Llimona. El mismo Domènech i Montaner diseña la Universidad Pontificia, que desde lo alto de una loma domina la ciudad, la Torre de los Tres caños y el Parque Güell y Martos, conocido popularmente como el Parque de la Estatua. Con todo ello ya bastaría para concederle la importancia que tiene a este municipio, pero por encima de todo ello aún destacan dos edificios principales que constituyen la enseña artística de esta población: el Palacio de Sobrellano y la Villa Quijano, conocida por todos como El Capricho, ideado por Antonio Gaudí. El Palacio de Sobrellano es un enorme edificio neogótico construido por Joan Martorell (cuyo ayudante no era otro que Antonio Gaudí), para el primer marqués de Comillas, Don Antonio López y López, un indiano que se había enriquecido en América.

Sería su concuñado, Máximo Díaz de Quijano, otro indiano enriquecido, el que influenciado por aquel fervor constructivo se anima a encargarle al joven y prometedor arquitecto que había ayudado a Martorell en la construcción del palacio del marqués, un chalet de verano, muy cerca además del mencionado palacio.

Dadas las fechas del encargo, 1883, se trata de una de las primeras obras de Antonio Gaudí, en la que se observa todavía una inclinación, lógica en la época, por un historicismo orientalista de corte romántico, pero en la que se ya se van vislumbrando elementos que serán característicos de su estilo posterior. Utiliza mampuesto de piedra en la parte baja y ladrillo cara vista, adornado con franjas de cerámica vidriada que representan hojas y girasoles, así como hierro en pretiles y elementos ornamentales. Cuenta con un acceso principal abierto en arco rebajado, formado por cuatro columnas lisas con capiteles decorados a base de pájaros y palmitos. Aunque la referencia visual más significativa del palacio es su torre. Destaca notablemente en altura y se trata de una pieza cilíndrica a modo de alminar, muy colorista por la armoniosa combinación de colores que produce la cerámica verde, roja y amarilla. Al interior del palacete algunas habitaciones también se cubrieron con referencias islámicas, como falsas bóvedas de estuco.

Curiosamente, la decoración reiterativa de los girasoles en el exterior responde, al parecer, al interés del arquitecto por orientar todas las habitaciones de la casa precisamente hacia aquel lugar en el que a la hora en que más se utilizara más sol le daba, obteniendo así más luz y calor. Lo mismo que hace un girasol.

Desgraciadamente para su mentor, la casita apenas fue disfrutada por el dueño que moriría apenas una semana después de terminada.

Después de ser declarado Bien de interés cultural en 1969 y de una necesaria restauración en 1977, el Capricho fue utilizado como restaurante en 1985, y como tal funcionó hasta 2009. Desde entonces está en manos del grupo japonés Mido Development, que actualmente gestiona su visita cultural.

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