El cicerone de Larra

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“Mi primer cuidado en Mérida fué hacerme con un cicerone; pero no ofreciéndome alicientes la entrevista con ningún literato del país ni queriendo que me contase ningún pedante lo que acaso sabría yo mejor que él, después de haber buscado inútilmente en aquel museo del tiempo alguna historia de las antigüedades o de la misma ciudad, sólo traté de sorprender la tradición popular en su curso, y atúveme a un extremeño que se me presentó como el hombre más instruído del común del pueblo acerca de las bellezas de Mérida, y que haría, por tanto, oficio de enseñarlas.

  Mi cicerone era una verdadera ruina, no tan bien conservada como las romanas; sus piernas plegaban en arco, como si el peso de la cabeza hubiese sido por mucho tiempo oneroso a la base del edificio; sus brazos pendían también como dos arcos laterales cuyo pie hubiesen carcomido los ramales de un río que hubiesen lamido por muchos años los costados del hombre. La cara hubiera dado lugar a las más graves investigaciones de una academia: semejante a una moneda largo tiempo enterrada y tomada a trechos del orín y de la tierra, sus facciones estaban medio borradas, y ora parecían letras en estilo lapidario, ora vistas a otra luz, semejaban algo un rostro humano maltratado por la intemperie o la incuria de sus guardianes. La fecha no se conocía, y aquel fragmento podía ser de varias épocas. Su desigual cabello, blandamente  meneado por el viento, remedaba esa hierbecilla que por entre las cornisas y coronamiento de una torre antigua hace nacer la humedad; sus dientes eran almenados, y la posición inclinada del cuerpo todo, fuera al parecer del centro de gravedad, le hacía parecer una pared que comienza a cuartearse, cuyas grietas hubiesen sido la boca y los ojos, me trajo a la memoria la célebre torre de Pisa.

  Tal se me representó a mí al menos mi cicerone: tal me pintaba mi imaginación cuanto en Mérida veía.

__ ¿De que año es usted, buen hombre?—  no puede menos de preguntarle.

__Tres duros y medio, señor — me contestó, en estilo monetario, queriéndome decir que tenía tantos años como reales aquellas medallas. [1 duro=20 reales]

__Pardiez, no le hubiera creído tan del día. ¿Y usted es el que suele enseñar a los viajeros las otras ruinas de esta ciudad?

__Sí, señor…, estoy algo enterado…

__¿Y vienen muchos viajeros?

__Extranjeros, sí, señor. Ingleses, sobre todo, y se han solido llevar algunas cosas. Pintan ahí, y dibujan,  y escriben, y qué sé yo…; nos muelen a preguntas… Parecen locos los ingleses. Pero españoles, señor, pocos: los más pasan sin preguntar; como no vengan de estancia al pueblo…

__Mérida ha sido gran ciudad —interrumpí al hombre de la tradición, poniéndonos en camino para recorrer las antigüedades y siguiendo a la que me servía de guía.

__¡Oh! Sí, señor. La Historia dice que tenía ochenta puertas y que cada puerta estaba guardada por cuatrocientos soldados de a pie y ciento de caballería; tenía cuatro palacios magníficos en los cuatro ángulos, que eran de cuatro príncipes muy ricos.

__Y estas ruinas ¿son muy antiguas?

__¡Vaya!

__¿De los romanos todas?

__¡Qué! Más antiguas, señor, mucho más; de los moros y de los godos, y de los… qué se yo de cuánta casta de gentes… mucho antes de los romanos.

__¡Hola! Perfectamente.

  En esto llegábamos al puente, verdadera obra romana…”

(Larra: “Las antigüedades de Mérida”. En “Artículos de costumbres”. 1835)

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