El derribo de la Torre Nueva

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La demolición de la Torre Nueva de Zaragoza constituye uno de los casos de destrucción injustificada de nuestro patrimonio histórico más sonrojante y vergonzoso. La torre se construye en 1520 en estilo mudéjar, aunque con elementos renacentistas, elevándose hasta los setenta metros para servir de vigía y metrónomo ciudadano. Por ello mismo lucía un reloj de grandes dimensiones que durante siglos sirvió para regular el devenir de la vida ciudadana. Contaba con un zócalo muy elevado en la base sobre el que se elevaba la torre propiamente dicha, que estaba coronada por un remate singular, formado por un triple chapitel escalonado bajo el cual se cobijaban las campanas. En un curioso ejemplo de convivencia étnica la torre la levantaron los cristianos Juan Gombao y Juan de Sariñena, que hicieron la traza; los musulmanes Ismael Allobar y el Maestro Monferriz; y el judío Juce de Gali.

Su esbeltez, sus dimensiones, su simbolismo y sobre todo la solución arquitectónica del monumento convirtieron desde su nacimiento la Torre Nueva de Zaragoza en un edificio emblemático del arte mudéjar y sin duda, en una de las construcciones más hermosas de nuestro patrimonio artístico.

Contaba además con una peculiaridad que la hacía aún más singular, aunque a la larga acarrearía su desgracia, y es que al poco de su construcción el zócalo que le servía de base se inclinó ligeramente, ladeando de esta forma toda la torre hasta darle una apariencia inclinada. Una desviación mucho menor que la de la Torre de Pisa, y que desde luego no había de ser tan grave cuando la torre se mantuvo en pie sin riesgo para nadie durante siglos. Pero la Torre Nueva fue derribada y desde entonces la ciudad llora su pérdida, consecuencia  a partes iguales de la desidia y la ignorancia. Juan Antonio Gaya Nuño, uno de los primeros grandes historiadores del arte de nuestro país, nos cuenta así el derribo ignominioso.

“El 22 de agosto de 1504, los jurados de la ciudad de Zaragoza deciden la erección de una alta torre provista de reloj “para el buen gobierno de los tribunales, asistencia a los enfermos y reglamentación de la vida en el vecindario todo”(…) Ahora bien, la premura de su construcción había determinado en la llamada Torre Nueva una inclinación considerable(…) En efecto, la desviación desde 1741, era de 2’67 metros y no había aumentado siglo y medio más tarde, en 1892, mientras que la inclinación de la Torre de Pisa era de 4’85 mtros (…) Estos eran los hechos, nada alarmantes por sí mismos, que, inexactamente argumentados y ayudados del sólo pretexto de haberse desprendido algunos cascotes de lo alto de la torre, dieron motivo en 1890 a una ruda campaña encaminada a deshacerse del precioso monumento. El cual estorbaba a cierto comerciante de la Plaza de San Felipe, hombre influyente y cacique, bien relacionado en el municipio, con cuyo consenso logró promover una amplia corriente de opinión tendente a poner de manifiesto la inminente ruina de la torre (…) Pedido parecer a los técnicos, los arquitectos municipales se contentaron con emitir un informe vago y contradictorio (…) el poder ejecutivo tuvo a bien inhibirse y el Ayuntamiento de Zaragoza se encontró con las manos libres para consumar el desafuero. Un grupo de intelectuales zaragozanos (…) se movió valientemente pro defensa de la torre (…) pero nada pudo hacerse después de la Real Orden de septiembre de 1892 que autorizaba el derribo (…) Esta villanía, que no había sido mera alcaldada, sino conspiración de toda clase de cobardes inhibiciones de cualquier esfera para ahuyentar las molestias del tendero zaragozano de la Plaza de San Felipe, nos hurtó una de las más bellas torres del mudéjar aragonés”.

GAYA NUÑO,J.A : La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos. Espasa-Calpe. Madrid 1961, págs 124-129.

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