El descubrimiento de los frontones del Templo de Afaia

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El templo de Afaia es uno de los más hermosos de Grecia y junto al Partenon, el de Zeus en Olimpia y el de Poseidón de Cabo Sunion, los que fijan el canon de belleza prototípico del orden dórico. Pero el templo de Afaia cuenta además con una serie de esculturas en los frontones oriental y occidental, cuyo descubrimiento resultaría sorprendente por la calidad del material (mármol de Paros) y la pulcritud y perfección de las tallas, que dadas las fechas, entre finales del S. VI a.c. y principios del S. V a.c. resultan un eslabón avanzado entre el estilo arcaico y las primeras muestras de un incipiente clasicismo. Concretamente la imagen del guerrero moribundo del frontón oriental, consigue un magnífico efecto de realismo que incluso pone en cuestión el invariable ethos de la escultura clásica.

El descubrimiento de las esculturas de los frontones lo realiza el arquitecto y viajero inglés Charles Robert Cockerell en 1811, si bien más adelante las adquiría Luís II de Baviera, lo que explica que en la actualidad se encuentren en la Gliptoteca de Munich.

Así fue el descubrimiento, según su propio descubridor:

«El puerto es muy pintoresco. Hemos dejado la ciudad para ir al templo de Júpiter, con los obreros para ayudarnos a girar las piedras, en seguida. Nos hemos instalado en una caverna, que había debido ser la caverna de un oráculo sagrado.

Los mares alrededor de la isla están infestados de piratas, los ha habido siempre […] pero no se han atrevido nunca a atacarnos pues nuestro grupo, con servidores y jenízaros, era demasiado fuerte para ser atacado.

Cuando el trabajo del día finalizaba, los corderos eran asados sobre un gran fuego, había luego, acompañados de música indígena, cantos y bailes.

Al cabo de algunos días, habíamos aprendido todo lo que podíamos desear de la construcción, del estilóbato a las tejas.

El segundo día, uno de los obreros encontró en el segundo pórtico un pedazo de mármol de Paros, lo que llamó su atención, pues el templo era de piedra. Reveló ser un guerrero con casco. Estaba acostado, el rostro vuelto hacia el alto, y en la medida que sus rasgos aparecían, fuimos presa de una excitación inimaginable.

Poco después, fue descubierta otra cabeza, luego una pierna, luego un pie. Finalmente, descubrimos dieciséis estatuas y trece cabezas, piernas, brazos, todo en el mejor estado de conservación posible, a menos de tres pies bajo la superficie. Parece increíble, considerando el número incalculable de visitantes que van a ver el templo, que estos objetos hayan permanecido tanto tiempo escondidos.»

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