El dibujo

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“El hombre occidental ha considerado el dibujo como la disciplina sobre la que se asienta su actividad creadora, al menos desde el año 1400, en el que Cennini estaba escribiendo su tratado de pintura. Vasari nos cuenta que el padre de Baccio Bandinelli, un orfebre florentino, daba clases de dibujo a sus aprendices “pues no se puede considerar a alguien buen orfebre si no sabe dibujar bien”. En Inglaterra, William Shipley dio clases particulares de dibujo en la Society of Arts (porteriormente la Royal Society of Arts) fundada en 1754, para fomentar las artes, manufacturas y el comercio, y Thomas Sheraton escribió un libro de dibujo para los ebanistas y tapiceros, en cuya portada representaba al “artista ocupado en el dibujo” rodeado por figuras alegóricas de la Geometría, Perspectiva, y el Genio del Dibujo y la Arquitectura, y “en el fondo se encuentra el Templo de la Fama, al cual conduce directamente el conocimiento de estas artes”. Marc Brunel, él mismo un ingeniero notable, animaba a su aún más famoso hijo Isambard, a que dibujase su entorno, considerando que este hábito es tan importante para el ingeniero como el conocimiento del alfabeto. Cuando a partir de la Fundación del London Mechanics Institution en 1823 se establecieron por toda Inglaterra los Mechanics Institutes, entre las asignaturas que se enseñaban se encontraba el dibujo arquitectónico, mecánico y de perspectiva. En Francia, Ingres afirmaba: “El dibujo es las tres cuartas partes de una pintura…” “Si tuviese que colgar mi placa escribiría en ella Ecole de Dessin, y sé que educaría a pintores”.

Durante el siglo catorce el aprendizaje de un artista se centraba en el taller del maestro. Cennini aconsejaba a los aspirantes a pintor que “En primer lugar debéis estudiar dibujo durante al menos un año; después deberéis permanecer con un maestro en su taller por espacio de al menos seis años para que podáis aprender todas las partes del arte: moler los colores, cocer las colas, moler el yeso, adquirir la práctica de dar fondos a los cuadros, trabajar en relieve y a raspar o a suavizar una superficie y a dorar; más tarde practicar el coloreado, guarnecer con mordientes, pintar lienzos con oro y pintar sobre paredes durantes seis años más, dibujando sin interrupción durante los días de fiesta o de trabajo”. A medida que la categoría social del artista iba creciendo y el poder que ejercían los gremios disminuía, este trabajo práctico se suplementaba con reuniones, al principio informales, donde se daban, como modelos para copiar, dibujos y esculturas antiguos y se discutían materias teóricas. De estas reuniones iban a surgir las academias privadas y más tarde públicas, con sus rígidos programas de estudio.”

(Susan Lambert: “El dibujo. Técnica y utilidad”. 1984)

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