El dilema de la representación pictórica

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Gombrich, Ernest Gombrich, es uno de los historiadores del arte más conocido y más importante también de cuantos ha dado esta ciencia. Su famosa Historia del arte, no es sólo la más afamada de cuantas se han escrito, al punto de convertirse en su día en un auténtico best seller, sino que además aporta análisis certeros sobre múltiples aspectos del trabajo del artista y de la concepción genérica del arte.

El texto que hemos elegido es una buena prueba de ello, porque plantea con gran claridad ese eterno devenir de la Historia de la pintura entre el arte como representación sensible de la realidad o por el contrario como representación intelectual de esa misma realidad. Y es que en realidad la pregunta que se plantea en este dilema va más allá del mundo del arte y concierne al pensamiento profundo, porque las cosas, ¿son meramente como las vemos o como sabemos que son…?

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“Pero ¿qué es lo que debe experimentar un pintor y por qué no se ha de con­tentar con sentarse ante la naturaleza y pintar lo mejor que sepa?  La respuesta parece residir en que el arte ha perdido su estabilidad, porque los artistas han descubierto que la sencilla exigencia de que deben pintar lo que ven es contra­dictoria en sí.  Tal aseveración parece una de las paradojas con que los artistas y críticos modernos gustan de importunar al paciente y sufrido espectador. A menudo hemos retrocedido a los egipcios y a su procedimiento de representar en una pintura todo lo que conocían, y no lo que veían.  El arte griego y el romano infundieron vida a estas formas esquemáticas; el arte medieval las empleó, a su vez, para rela­tar la historia sagrada.  El arte chino, para la contemplación.  Nada impulsaba al artista a pintar lo que veía.  Esta idea no tuvo inicio hasta la época del Renacimiento.  En un principio, todo parecía marchar bien.  La perspectiva científica, el sfumato, los colores venecianos, el movimiento y la expresión se agregaron a los medios del artista para representar el mundo en torno a él; pero cada generación descubrió que aún existían focos de resistencia insospechados, bastiones de con­vencionalismos que hacían que los artistas aplicasen formas que habían aprendi­do a pintar más que, realmente, a ver.  Los rebeldes del siglo XIX propusieron proceder a una limpieza de todos esos convencionalismos; uno tras otro éstos fue­ron suprimidos, hasta que los impresionistas proclamaron que sus métodos les permitían reproducir sobre el lienzo el acto de la visión con exactitud científica.

Los cuadros obtenidos de acuerdo con esta teoría fueron obras de arte muy sugestivas, pero esto no debe impedir que observemos el hecho de que la idea en que se basaron sólo fue una verdad a medias.  Hemos llegado a darnos cuenta cada vez más, desde aquellos días, de que nunca podemos separar limpiamente lo que vemos de lo que sabemos.

Si miramos por la ventana, podemos ver lo que ante ella se nos ofrece de mil modos distintos. ¿Cuál de ellos corresponde a nuestra impresión sensible?  Pero tenemos que escoger; tenemos que empezar por alguna parte; tenemos que plasmar una imagen de la casa situada al otro lado del camino y de los árboles enfrente de ella.  Sea como fuere, siempre tendremos que comenzar con algo así como líneas o formas convencionales.  El «egipcio» puede ser suprimido en nosotros, pero jamás será derrotado por completo”

 

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