El laberinto medieval

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El laberinto es un dibujo intrincado cuyo recorrido imaginado o real es siempre un reto para quien trata de recorrerlo y llegar a su centro, o no perderse en su equívoco y complicado trayecto.

Los laberintos encuentran su referencia natural en la morfología de algunos moluscos, en el plano de algunas cavernas e incluso en el aparato sexual femenino, lo que supone en todos los casos alusiones simbólicas a lo desconocido y misterioso, así como a un recorrido incierto cuya meta siempre resulta gratificante.

La primera referencia a un laberinto con connotaciones míticas y un significado simbólico es el construido en Creta por Dédalo para tener encerrado al minotauro, y que supone el triunfo de Teseo, que al superar la prueba que el propio laberinto le impone alcanza la condición de héroe. En cualquier caso, dibujos laberínticos existen desde la prehistoria, con significados parecidos: bien espiritual, en rituales apotropáicos donde el propio dibujo podía servir de referencia para bailes rituales, o como símbolo de experiencias iniciáticas.

En general, los laberintos insistirán en esta interpretación simbólica en los relatos posteriores, convirtiéndose en metáfora de un devenir largo y penoso, en una prueba por superar, en un ritual iniciático, que en todos los casos supone el logro de un estado superior, a veces identificado con la heroicidad o con la inmortalidad o con la conquista espiritual de lo sagrado.

En el contexto cristiano medieval, el laberinto simboliza la existencia terrenal, y su superación la sublimación del mundo celestial, al que se llega sólo superando todas las trampas que nos impone el pecado y la vida material, de lo que precisamente el laberinto y su trazado confuso, donde es tan fácil perderse, resulta un símbolo perfecto. Puede decirse por tanto que el laberinto medieval es teocéntrico, con una entrada que representa el nacimiento; un camino tortuoso, que simboliza los avatares de la vida; y un fin único en el centro del laberinto al que hay que llegar, y que es la representación simbólica de Dios.

En este ámbito medieval los laberintos pintados en el suelo de las catedrales serán por ello muy habituales, siendo uno de los más famosos y conocidos el que se encuentra a la entrada de la nave central de la catedral de Chartres.

Trazado sobre el pavimento, el laberinto de Chartres consiste en un círculo de 13 metros de diámetro trazado a base de baldosas blancas y negras. El dibujo forma un camino de 262 metros en espiral, con circunvoluciones repartidas en once círculos concéntricos, que llegan hasta el centro donde se abre una roseta que representa la Jerusalén Celeste.

No falta, como en toda la arquitectura medieval y especialmente en las catedrales góticas, un complejo arcano numérico que complementa el simbolismo místico. En este caso el diámetro del laberinto es igual al del rosetón que se abre sobre la puerta principal de la catedral, la occidental. Es más, la distancia entre el laberinto y la puerta es la misma que entre el rosetón y esa misma puerta, de tal forma que si se extendiera la fachada occidental sobre el suelo, laberinto y rosetón coincidirían perfectamente.

El sendero que el laberinto reproduce se considera también un símbolo del peregrinaje y del camino que el peregrino sigue hasta su meta, que no es otra que la plenitud espiritual. Esta fue otra de las funciones del laberinto de Chartres durante la Edad Media, la de servir de camino de peregrinación a muchos creyentes que no podían permitirse el lujo de viajar a los santos lugares, y se conformaban recorriendo el laberinto de rodillas como un peregrino más.

Curiosamente en algunas catedrales como las de Amiens o Reims, los nombres de sus arquitectos se inscribieron en los laberintos de sus construcciones. No así en Chartres, al respecto de lo cual afirma Otto Von Simson: “Pero de este hombre, de quien todos los maestros constructores que acabamos de citar se habrían considerado sus discípulos, nada se sabe. El laberinto de Notre Dame de Chartres tenía posiblemente una plancha metálica con su nombre; de ser así debió de perderse en fecha relativamente temprana” (Von Simson, O: “La Catedral Gótica”, pp 274-275).

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