El mar de color de Mark Rothko

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Mark Rothko constituye uno de los puntales del Expresionismo Abstracto norteamericano de postguerra. Su pintura se encuadra dentro de lo que se ha dado en llamar Espacialismo cromático, caracterizado por tratarse de una pintura que invita a la reflexión contemplativa.

De esa actitud ensimismada, casi visionaria, brotan lienzos enormes que parecen estepas de color, donde en efecto el espacio del cuadro pierde su referencia real y se convierte únicamente en color, un color que lo llena todo y parece perderse en el infinito. Un mar de pensamiento que se colma de color.

En el caso concreto de Rothko, su pintura está llena de sugerencias. Sus grandes formatos dispuestos en superficies de dos o tres rectángulos  coloreados parecen flotar sobre si mismos. Son extensiones cromáticas que se prolongan en espacios interminables, como territorios extensos, como la superficie del viento o la inmensidad del mar. Pero sólo de color.

De la importancia de la obra de arte en su relación con el espectador, la pintura de Rothko por todo lo dicho es la mejor prueba, y de hecho él mismo lo expresaba así:

“Un cuadro vive de la compañía, expandiéndose y avivándose a los ojos del observador sensible. Del mismo modo, cuando esta compañía falta, el cuadro muere. Por ese motivo exponerlo al mundo supone un acto arriesgado e insensible”

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