El primer autorretrato

000 EmeteriusFatigatus

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“No siempre hubo posibilidades de autorretratarse. Si comenzamos nuestra relación con los siglos cristianos, hallaremos firmas, que son ya un deseo de constancia personal, pero no imágenes. El artífice, a lo sumo, firmaba con el aditamento de su título, “pictor”, “sculptor” o, simplemente, “magister”. Y, sin embargo, es en plena época mozárabe cuando nos encontramos con el primer autorretrato, y acaso el más peregrino, de nuestra historia.

La basílica de San Salvador de Tábara, en tierras de Zamora, era en el siglo X uno de los más importantes cenobios de la región. Como en tantas otras iglesias y monasterios coetáneos se ocupaban allí de copiar el conocido libro de Beato de Liébana sobre los “Comentarios al Apocalipsis”, lo que efectuaba el miniaturista o “arcipictor” Magio, fallecido el año 968 sin terminar su faena. Es, entonces, cuando los monjes llamaron a otro iluminador, por nombre Emeterius, presbítero, quien completó el precioso códice concluyéndolo en tres meses, exáctamente, el 28 de julio de 970. Luego de ponderar el cansancio que le produjera su trabajo, el tal Emeterius, en el colofón del códice, reprodujo la torre de la iglesia de Tábara con sus campaneros, con el cortador de pergamino y con el escriba; enfrente de éste se efigia a sí mismo, en actitud de miniar, con sus hábitos sacerdotales, sentado ante el pupitre de las tintas y epigrafiada la miniatura con el rótulo “Ubi Emeterius presbiter si fatigatus”, es decir, “Donde (está o se sienta) el presbítero Emeterio tan fatigado”; fatiga evidente, la de copiar códices de pergamino, iluminándolos con miniaturas de escenas e iniciales, este artista, al expresar su cansancio, obtuvo la recompensa, a plazo de siglos, que ambicionaba. He aquí por donde este personaje oscurísimo, este sacerdote miniaturista, inaugura, al dejarnos su inexpresiva y convencional figura, todo el ilustre ciclo de autorretratos españoles. Conviene imaginar la audacia de que este presbítero hubo de dar prueba; en la Alta Edad Media, si alguna inscripción conmemoraba un nombre en una iglesia, era el del abad consagrador o el del beato allí sepultado. Firmar códices era usual, pero hacerlo con un autorretrato significaba un atrevimiento nada común. De modo que Emeterius es una excepción, una audaz excepción de su tiempo, al no plegarse a la habitual firma en logogrifo o en complicado acróstico. Tendremos que saltar hasta el siglo XII, la plenitud del románico, para dar con parecidos autorretratos…”

(Juan Antonio Gaya Nuño: “Autorretratos de artistas españoles”. 1950)

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