El pub (y 3)

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“El varón londinense no tardó en adquirir la costumbre de pasar por el pub antes de volver a casa. Sólo ofrecía alicientes; un jarro en buena compañía, la conversación asegurada, un nuevo repaso a todos los tópicos del momento y un rato de libertad tanto respecto al patrono cuanto respecto a la familia. El creciente auge de los pubs impulsó, en el último cuarto de siglo, el nacimiento de los gin and beer palaces, verdaderos palacios, como su nombre indica, de la degustación de alcoholes y con los que se rompía cualquier vínculo con las humildes tabernas de antaño. Su apogeo coincidió con el despertar de la conciencia imperial, tras la proclamación de la reina como emperatriz de la India, y la convicción de que Londres se había convertido en la capital del mundo. Algunos de esos palacios eran inmuebles completos, de varias plantas, cada una de ellas dedicada a un tipo de licores o servicios; otros se extendían a todos los locales comerciales de una misma manzana. Su sólida construcción, la riqueza y lujo de sus materiales y su mobiliario y el encomiable sentido de conservación del pueblo británico, ha permitido que alguno de esos establecimientos hayan llegado hasta nuestros días, como el Red Lion, en Duke of Yok Street, el Prince Alfred, en Maida Vale, el Assembly House y tantos otros que lamentamos no haber frecuentado más.

Propendían a una decoración explosiva y lujuriante, en la que cabían todos los estilos con tal de que suministraran una sensación de variedad, de riqueza y confort: el renacimiento, el Luis XV, el neogótico y el rococó. Los techos estucados, policromados o artesonados; las columnas de fundición revestidas, esmaltadas o empavonadas, los suelos alfombrados; los mostradores y barras de caoba, la encimeras de mármol, las lámparas de bronce, rematadas con globos o tulipas flamígeras; las ringleras de latón, bien bruñidas y relucientes; las paredes forradas de telas o papeles pintados, con motivos orientales preferentemente; y una profusión de lunas y espejos para engañar al ojo y dar sensación de una mayor amplitud por una duplicación del ámbito. De entonces data el cristal esmerilado y decorado, con un fin ornamental y como soporte publicitario de una marca determinada que se distingue de las otras por su particular epigrafía. El cristal decorado, tan característico de aquella ornamentación, se trabajaba bien mediante un buril que permitía una cierta gradación o sombreado, según la profundidad de la incisión, muy indicado para las orlas formadas con catenarias de amebas, hojas de loto, grecas, colas de pez o coups de fouet, bien mediante la formación del dibujo bajo un estarcido no atacado por el ácido. El cristal plano se había extendido gracias a la invención de James Chance en 1838 de la patent plate que permitía el cerramiento transparente de amplias superficies; unido a la derogación en 1831 de la curiosa Window Tax o impuesto de ventana por la cual el inquilino o propietario de un inmueble pagaba a la municipalidad una tasa según el número de sus huecos a la calle (responsable de tantos huecos ciegos de las fachadas románticas), había de transformar la recoleta arquitectura tradicional y mudarla hacia fachadas mucho más abiertas y claras. Se dice que Joseph Paxton, un asiduo parroquiano del Leicester, en New Conventry Street, se inspiró en sus encristaladas paredes para los proyectos del Conservatorio de Chatsworth y del Crystal Palace. Nada más justo, por consiguiente, que asignar al pub y al gin-palace el papel que les corresponde en la historia del estilo y del gusto victorianos. Aquella inflorescencia de estilos, que todos amalgamados y a falta de un dominante darán lugar al así llamado ecléctico, que tendrá su culminación en el modernismo, salió en primer lugar del pub, anticipándose a la casa, a la quinta de recreo o al hotel, en cierto modo en correspondencia con su función social como pequeño congreso del vecindario, como paso previo antes de la vuelta a casa, como salida del poco hospitalario y mal decorado lugar de trabajo.”

(Juan Benet: “Londres victoriano”. 1989)

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