El último Caravaggio

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Cuando Caravaggio marchó desde Nápoles rumbo a Roma en 1610, esperando que fuera definitivamente indultado por el crimen que le había hecho huir de la capital, embarcó con tres telas que a la postre serían sus tres últimas obras, dos San Giovanni (uno perdido, y el otro hoy en la Galería Borghese de Roma) y una Maddalena in estasi. Todos al parecer, encargados por el cardenal Borghese, que se había convertido en el nuevo protector del pintor.

El caso es que aquel viaje no llevó a Caravaggio a su destino pues moriría en Porto Ércole en circunstancias que todavía no están del todo claras.

Los cuadros en cambio sí siguieron camino y volvieron de nuevo a Nápoles donde se entregaron a la marquesa Constanza Colonna, amiga del artista, que a su vez debería reenviárselas al cardenal a Roma, aunque ya a partir de ese momento no se sabe toda la historia de lo que ocurrió con los tres lienzos. Uno está claro que sí llegó a su destinatario, el San Giovanni que hoy se encuentra en la Galería Borghese, pero de los otros dos no se sabía nada más. Al menos hasta la semana pasada, que saltó la noticia publicada por el diario La Reppublica de que había aparecido por fin uno de ellos: La Magdalena en éxtasis. Así al menos lo afirma Mina Gregori, una de las máximas expertas mundiales en Caravaggio, que lo ha encontrado en la propiedad de una familia que no sabía de su valor. Y está segura de que se trata del cuadro en cuestión no solo porque “lo ve” como un “auténtico” Caravaggio, sino por otras razones documentales que parecen incontestables, ya que en la parte posterior del cuadro se encontró un texto de la época que dice: Madalena reversa di Caravaggio a Chiaia ivi da servare pel beneficio del cardinale Borghese di Roma. Es decir, que se trata de un lienzo enviado a Chiaia (un barrio de Nápoles, donde por cierto vivía la marquesa Constanza Colonna), para el cardenal Borghese, mentor del artista. Así que lo más probable es que La Maddalena estuviera en manos de la condesa unos años, que debieron de ser los que aprovecharon algunos pintores para hacer copias de ella, hasta ocho que se conocen actualmente.

El cuadro, no obstante, llegaría finalmente a Roma, como lo demuestra también el sello de cera que porta a modo de timbre de la aduana de la ciudad papal, característico del S. XVII. Pero no debió de llegar a las manos del cardenal Borghese, sino a la de una familia que lo ha tenido en su propiedad durante generaciones, hasta que finalmente ha podido ser descubierto.

Sin duda un acontecimiento en el mundo de la Historia del arte, y también una alegría, sobre para todos aquellos, que como nosotros, sientan una devoción especial por este pintor extraordinario.

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