En torno a Vázquez Díaz

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“…en la Biblioteca Nacional [1921] estaba abierta la exposición de Vázquez Díaz y de su mujer, la escultora Eva Aggerholm, que marca el arranque definitivo de la fama del pintor como gran árbitro de la modernidad artística madrileña. […] Por su parte, José Francés le dedico un extenso artículo en “El Año Artístico”, en el que recogía gran parte del prólogo que Juan Ramón Jiménez había hecho para el catálogo de la exposición, que decía, entre otras cosas:

           “Nuestros pintores, hoy todavía, exceptuando un pequeño grupo, catalanes en su mayor parte —Sunyer, el gran sensitivo, sobre todos; Nogués, el rítmico, el dinámico delicioso; no es preciso nombrar al expatriado Picasso—, son repetidores, trasuntistas, caricaturistas alíricos de los “clásicos normales”; y su triste obra es labor sin invención ni trascendencia, expresión de huecos, de vacíos; ni el ayer, porque ayer ya no existe hoy en el tiempo, ni el hoy… El arte de Vázquez Díaz es un producto conscientemente evolutivo, renovacionario… Bien dotado para “pintor”, para tenor de paleta, pudo perderse —y estuvo a punto— en ese abierto montón famoso y laureado del fácil nacionalismo pictórico, los rearruinadores ladrilleros de Castilla rancia, los adormilados del castellanismo forzoso, ¡ay, pintores, poetas y músicos “españoles” del día, castellanos o no!; o que el otro montón —y el mismo— del virtuosismo del grano, del tubo, del ademán de brazos armados de paleta y pincel —¡la batalla del arte!—; groseros recalentadores, aquellos y éstos, de la olla bien podrida, de la cocina bien cerrada —¡ni tragaluz, ni chimenea siquiera!— de la venta nacional.”

          (En: Jaime Brihuega, “Las vanguardias artísticas en España. 1909-1936”, Madrid, 1981)

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