Erich von Stroheim: “Avaricia”

Avaricia

AVARICIA

FRANK NORRIS Y McTEAGUE

 

El desconocimiento que se tiene de la figura y obra del escritor Frank Norris viene perfectamente demostrado por el hecho de que su pieza, quizá, más célebre (al menos entre los cinéfilos) McTeague, debido a la adaptación que de ella hizo Stroheim en 1924 no ha tenido traducción castellana hasta el 2007. No existe un motivo concreto que justifique éste hecho ya que Norris ni es un creador coyuntural que no se pueda entender más allá de su tiempo, ni está apegado a ninguna raíz geográfica que dificulte la lectura de sus obras en otras latitudes, ni mucho menos es un novelista mediocre o carente de interés. Por consiguiente, es un hecho verdaderamente relevante el que una novela como ésta pueda ser accesible a todo lector y que pueda servir, además, como acicate para aproximarse a la figura de su autor.

Frank Norris vivió una muy corta existencia, ya que su prematura muerte le sobrevino a los 32 años de edad dejando un legado literario exiguo pero mucho más que interesante en el que se encuentra, por ejemplo, una trilogía sobre la vida rural en unos Estados Unidos en imparable progreso tecnológico (The epic of wheat, The octopus y The pit). McTeague, concretamente, da una idea bastante certera del particular estilo de Norris: un escritor esencialmente social que, sin embargo, se sirve de ello para el tratamiento psicológico de los personajes que pululan por sus libros. Son seres condicionados por el ambiente en el que viven, pero cercados por una mentalidad compleja que hace que, cuando tienen la posibilidad de transformar sus circunstancias, una instintiva irracionalidad impida ésta consecución. En Norris aparece la concepción más pesimista del ser humano encubierta por infinidad de flancos conductivos que van desde las indecisiones o la influencia del entorno pero que, en el fondo, descubren los intersticios más lóbregos y vulnerables de dicha irracionalidad que tiene que revestirse de integración social para su subsistencia. En McTeague, el personaje protagonista es un ser primitivo casi totalmente desprovisto de iniciativa propia cuyo refugio es la rutina y la monotonía. La sucesión de un conjunto de días idénticos a los que ha logrado adaptarse con el fin de no perturbar su estatismo emocional. La aparición de Trina será el detonante que lo conducirá al desmoronamiento de su armonía. Norris insiste en el carácter inconsciente de éste personaje, en sus sentimientos primarios hacia la joven que hace que, cuando su relación con ella se vea abocada al drama, sus respuestas y motivaciones serán igualmente básicas. Asimismo, la utilización de animales u objetos a ellos vinculados, como metáfora de las emociones de los personajes o como exposición profética de su futuro desquiciamiento (el enfrentamiento de los perros cuando McTeague y Marcus se hallan en la plenitud de su amistad, espléndida metáfora de lo que les acontecerá posteriormente) resulta otro aspecto que enlaza a los protagonistas de la novela con su latente perfil instintivo.

No obstante, el posicionamiento de Norris respecto a sus creaciones posee unos tintes marcadamente turbadores que, a la par, huyen de las convenciones literarias con gran valentía. El escritor se convierte en un demiurgo feroz que, desde el mismo comienzo de la novela, predispone la inclinación del lector hacia sus personajes. Antes de que McTeague haya actuado de una u otra manera, Norris ha delimitado las características del personaje y adjetivado su carácter de la forma más inmisericorde posible. Por consiguiente, ésta opción estilística de Norris se revela como el auténtico condicionante de las motivaciones de los protagonistas, los cuales actúan de una determinada manera, sencillamente, porque están condenados a hacerlo, porque forma parte de su misma condición primigenia, porque, de otra manera, no cunplirían su plena singladura vital estipulada, desde la primera palabra expuesta en el libro, por Norris.

No cabe duda que ésta manera de concebir los rasgos internos de McTeague acentúa la condición fatídica de la obra. Una condición en la que se ve envuelto todo el espectro humano que en ella aflora: desde la enternecedora historia de amor de los dos ancianos “condenados” a encontrarse al vivir pared con pared hasta la brutal historia de María Macapa con el judío Zerkow, concebida como un trasunto hiperrealista de la de McTeague y Trinna, todos y cada uno de los diversos rasgos sobre la condición humana que se exponen en la novela tienen de base el destino indeleble e inexorable del hombre al que, de forma harto inconsciente, se va acercando a pasos agigantados.

Naturalista en su forma y estructura, en sus directas y veristas descripciones físicas, profundamente psicológica en la idiosincrasia de sus personajes y sorprendentemente trascendental en sus líneas temáticas más profundas, McTeague se revela como una soberbia novela, origen de la obra maestra del cineasta Erich Von Stroheim.

 

ERICH VON STROHEIM Y AVARICIA

 

Posiblemente, fue su sentido naturalista y la concepción de una serie de personajes y situaciones que se desligan, paulatinamente (si es que no lo han estado nunca), de cualquier precepto moral, lo que más atrajo a Erich Von Stroheim de la pieza de Norris, ya que su adaptación (al menos lo que queda de ella) es una traslación directa, casi página por página, de McTeague.

Antetodo, cabe decir que Avaricia es una película excesivamente mutilada como para esbozar, siquiera mínimamente, una visión concreta y determinada de las intenciones de Stroheim. El primer montaje que hizo el cineasta y que llegó a proyectarse a un número muy concreto de personas (entre los que se encontraba Irving Thalberg el jovencísimo mandamás de la Metro Goldwyn desde 1920 hasta su muerte en 1936) tenía nueve horas de duración. Defendida con uñas y dientes por Stroheim, el film fue remontado por Rex Ingram reduciendo en buena parte su metraje y dejándolo en unas cinco horas. Sin embargo, Thalberg viendo todavía el producto inviable a nivel comercial, ordenó a June Mathis una nueva reducción quedándose, finalmente, Avaricia en los ciento cuarenta minutos que han sobrevivido al paso de los años. Evidentemente, de las nueve horas originales a las casi dos horas y media actuales existe demasiada diferencia como para que se puedan intuír las íntegras posibilidades de la obra. Ni siquiera la restauración de 1999 de 230 minutos de duración, realizada por Turner Classic Movies y editada por Glenn Morgan, quien se sirve de material gráfico y de la estructura de la novela para crear un esbozo de lo que el film hubiera sido de no haber caído en manos perniciosas, puede dar una idea concreta de las auténticas intencionalidades de Stroheim.

No obstante, asumiendo éste lamentable hecho y valorando la escueta esencia que ha sobrevivido, vemos en Avaricia un ejemplo paradigmático de adaptación cinematográfica. Salvo el primer bloque, que se centra en la vida de McTeague en la mina y que en la novela aparece mediante retrospectivas, el film opta por un seguimiento concienzudo de todo lo expuesto por Norris sin apenas variar situaciones, decorados o, ni mucho menos, personajes. Por el contrario, Stroheim hace suyos hasta los más mínimos detalles escénicos mostrando una capacidad simbiótica verdaderamente excepcional, ya que éstos aparecen tan cercanos a la fuerte personalidad y al drástico carácter violento y simbólico del cineasta como al universo de su creador literario. Avaricia, por consiguiente, sigue los pasos esenciales de la novela y se muestra como un fresco deslumbrante sobre la confusión y las debilidades humanas. Quizá el aspecto del fatum se encuentra algo más limitado que en la novela original debido, entre otras razones, a que Stroheim no juzga a sus personajes y los expone desde todos y cada uno de sus extremos, no para que sea el propio espectador quien formule un juicio individual sobre ellos, sino para que éste se vea nítidamente reflejado en un conjunto de modos y maneras cuya hiperbólica manifestación sirve para lograr una completa identificación. Lo que parece interesar más al cineasta vienés es la correlación simbólica, por momentos totalmente cínica, entre varios elementos: la secuencia de la boda entre McTeague y Trina en la que al fondo aparece un cortejo fúnebre, más que ejercer de premonición y por tanto destacar la supremacía del destino, sirve como contrapunto irónico a la felicidad del dentista, quien cree vivir su momento más dichoso cuando, al fin y al cabo, está dando fin a una rutina que se había convertido en su verdadero paraíso de felicidad. Asimismo, la secuencia final de la película con Marcus y McTeague encadenados en la solitaria inmensidad del Valle de la Muerte muestra la situación pretérita de los personajes (su amistad) mediante el detalle de su forzada unión, pero desde un prima totalmente mordaz al estar enclavado en un momento de profundo odio entre ellos.

Amén de ello, otro de los aspectos que acercan y, a la par, distancian novela y película es la progresión dramática de los personajes. Si en Norris todo apunta a que la perversión y la materialización de los actos más crueles se halla dentro de los protagonistas desde, prácticamente, toda su existencia, esto queda más difuso en el punto de vista tomado por Stroheim. La evidencia más obvia de lo dicho se halla en el personaje de Trina. Interpretado de manera absolutamente magistral por la actriz Zasu Pitts, la dosificación del cambio en su carácter se halla medida casi al milímetro. Su conversión, desde un ser tímido y apocado prototipo de la inocencia que tanto venera McTeague al monstruo de codicia en el que transforma en el último bloque del film, no sucede de manera drástica, así como tampoco se escenifica un punto de giro determinante para ello. Todo es mostrado de forma paulatina mediante gestos de composición interpretativa de la actriz que van desde el trabajo con los ojos (casi entornados en un principio, se van abriendo más y más a lo largo de la película hasta aparecer totalmente desorbitados al final), hasta la expresión corporal. Stroheim, por tanto, se aleja de parte del tratamiento de caracteres efectuado por Norris pero no por ello deja de ser fiel al espíritu del relato ya que, en todo momento, su mirada sobre los personajes enlaza o se complementa con la del escritor.

Avaricia es un film que se reafirma con el paso de los años, tanto por su meticulosidad en la traslación visual de los párrafos de Norris como por su insólito e imponente sentido poético. Más allá de sus amputaciones, ésta pieza suprema de Erich Von Stroheim queda como una de las cumbres del Cine.

Joaquín Vallet Rodrigo

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