Escenografías urbanas

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“Con una ambición publicitaria desenfrenada, los anuncios inician la toma de la ciudad, casa por casa. Una vez ocupada la calles y todos los soportes imaginables, los anuncios llenaron las señales de tráfico por su cara posterior, los postes de tendido eléctrico y de tranvía y los rótulos con los nombres de las calles.

Carles Buigas, el aprendiz de brujo que inventó la fuente mágica de Montjuic, la vedette de la Exposición Internacional de Barcelona, en el año 1929, parece ser el autor de un artefacto luminoso  –probablemente anterior a la feria–  que anunciaba en las carreteras la bujía alemana Bosch; provisto de un conjunto de prismas y cristales que recogían cualquier rayo de luz que se proyectara sobre él, el aparato permitía leer los anuncios en plena noche. Acerca de esto, decíamos en un estudio anterior:

Aquel primer esparcimiento de escenografía urbana por las zonas rurales tuvo una acogida extraordinaria y, al mismo tiempo, desconcertante. Las letras de los anuncios situados en las carreteras iban equipadas con unos discos de cristal que reflejaban las luces de los faros de los vehículos y que las hacían visibles y resplandecientes. El paso de la luz de una superficie vítrea cóncava a otra convexa la devolvía ampliada y producía un efecto espectacular. Llamaban la atención de tal modo que hubo quien cogió algunos de estos discos, convencido de que llevaba algún tipo de luz en su interior, sin percatarse de que el hecho consistía, simplemente, en un fenómeno físico de refracción.

Paulatinamente los campos fueron invadidos por los gigantes de madera y de luz procedentes de la cultura urbana del consumo, e incluso los primeros indicadores quilométricos, que eran carteles colgados de casas de pueblo, iban acompañados de publicidad. Había, al parecer, dos cláusulas de contratación de los anuncios rurales particularmente interesantes para el tema que tratamos. Una de ellas era que el contrato se establecía por un espacio de tiempo mucho más largo que en las ciudades: de tres a cinco años normalmente. La segunda era que este contrato obligaba a la empresa anunciadora a disponer de unos servicios de conservación y reparación inéditos.

Con el fin de asegurar la duración y evitar en la medida de lo posible las molestias y los gastos del mantenimiento, así como la fragilidad de los papeles impresos expuestos a la intemperie, con la lógica decoloración producida por el sol y las lluvias, se descartó gradualmente este tipo de soporte tradicional [el papel] y se sustituyó por materiales nuevos, de larga duración y mantenimiento escaso o nulo. Así surgieron la hojalata litografiada, el hierro esmaltado y los azulejos vidriados.

En la ciudad, estos materiales de larga duración, especialmente los azulejos, tuvieron una gran aceptación en las estaciones de metro, donde formaban grandes murales que armonizaban perfectamente con el resto de las paredes, revestidas también con azulejos, en este caso blancos. Uno de los anuncios más espectaculares era, sin duda, el enorme doctor del Cerebrino Mandri, original de Gaietà Cornet, que presidía la estación de Provenza, según parece, de la línea de los Ferrocarrilles Catalanes, el popular “tren de Sarrià”. Una figura gigantesca vestida de negro, con un dedo amenazador que señalaba el suelo, que se resisten a olvidar los que entonces eran niños. Durante la guerra, cuando las estaciones de metro se convirtieron en refugios naturales contra los bombardeos donde se amontonaban multitudes durante horas y horas del día y de la noche, medio a oscuras, aquella figura tenebrosa tenía que ser forzosamente aterradora.”

(Enric Satué: “El libro de los anuncios”. 1988)

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