Exposición surrealista de Tenerife (1935)

“El 11 de mayo de 1935 se inaugura la primera exposición surrealista en España, en las salas del Ateneo de Santa Cruz de Tenerife, a las 7 de la tarde. Los cuadros estaban colgados, las acuarelas, los diseños, los “collages”, los aguafuertes, las fotografías. La casa del Ateneo estaba situada en el lugar más céntrico de la capital, en la plaza de la Constitución, casi junto al Puerto. Todo el recinto de la Exposición estaba lleno de un público muy diverso, era como una manifestación, codo con codo toda la gente. La novelería del insular es proverbial. André Breton y Jacqueline, con su anticipado traje hippy, de un azul purísimo, con su bordes en flecos, sus uñas de pies y manos pintadas del mismo color, y Benjamin Péret, nervioso, estridente y contento. Todo el equipo de “Gaceta de Arte” con sus mejores galas, las palabras, las deferencias, el posible ingenio de cada cual trabajando a alta tensión. Un acontecimiento que no tenía precedente. Los 70 cuadros bien puestos, la plana mayor del surrealismo internacional, franceses, españoles, belgas, alemanes, italianos. La gente se agolpaba frente a los dos Dalí, muy especialmente “La libre inclinación del deseo”, y “El reflejo craneano”. Eran extraños, sin duda, pero el clasicismo tópico de sus formas, aparte de su misterioso contenido, despertaba una admiración muy viva. Las “Figuras”, de Pablo Picasso, sorprendían más por la fama del pintor que por la tela misma. No se puede discutir cuál era la obra más bella de la exposición. El mismo caso de Joan Miró. Pero los intereses estéticos de este público abigarrado se inclinaban por otros derroteros, los Giorgio de Chirico, con sus folletines fáciles de entender, los explosivos Ives Tanguy, y los de nuestro paisano Óscar Domínguez, “Deseo de verano” [imagen de cabecera] y “Objeto magnético”, muy dentro de la línea más dogmática de la Escuela, con sus colores violentos, la imaginación desmandada, y su técnica recién aprendida. Sin olvidar otros trabajos menores, esta expresión no tiene ninguna intención valorativa, de Marcel Duchamp, Man Ray, con sus “Rayogramas”, Alberto Giacometti, y Max Ernst, con sus once obras entre óleos, “collages” y aguafuertes.

Todo el mundo admiraba, discutía, o censuraba, con sus gustos ya hechos. Hay que reconocer que, cuando esta exposición se verifica, el público de Santa Cruz de Tenerife estaba muy acostumbrado a ver estas formas de vanguardia. En el Círculo de Bellas Artes se habían abierto muchas muestras de pinhturas, acuarelas y esculturas modernas. El estilo expresionista alemán era muy bien conocido. Muchos hombres de esta generación vinieron a Tenerife, un poco en plan de turistas, con su exposición en las maletas. No hay que olvidar la labor obstinada de “Gaceta de Arte”, la publicación de manifiestos y los libros editados ya por este tiempo, la poesía de Emeterio Gutiérrez Albelo, Pedro García Cabrera, Transparencias fugadas y El enigma del invitado, sin olvidar el Crimen, de Agustín Espinosa. Todo esto quiere decir que en la ciudad existía un ámbito propicio, entre asombrado, confragrativo y esnobista.”

(Domingo Pérez Minik: “Facción española surrealista de Tenerife”. 1975)

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