F. de Goya: La maja desnuda y La maja vestida. Museo del Prado. Hacia 1800.

Es difícil separar el comentario de las dos famosas Majas de Goya, La vestida y La desnuda, pues parece que formaban parte de un mismo encargo y que ambas se complementaban. No son desde luego de lo mejor que pinta Goya, pero su popularidad provocada por diversos factores ha hecho de ellas, dos de las obras más conocidas de su autor.
Si analizamos ambas, destaca por su singularidad La maja desnuda, que constituye un ejemplo atípico en su género por su descaro y la procacidad con que Goya la pinta. Por ello se especula con la posibilidad de que se trate de un cuadro encargado por Godoy para su famoso “Gabinete reservado”, en el que disfrutaba de la contemplación de la Venus del espejo de Velázquez, la Venus de Tiziano y el propio desnudo de Goya. Lo que ocurre es que La maja desnuda contaba al parecer con la versión hermana de La maja vestida para ocultarla, tapando de este modo un cuadro al otro, en un curioso díptico superpuesto que haría así las delicias del espíritu lascivo de Godoy.
Pero no se sabe a ciencia cierta si eso era así porque como es lógico el secretismo de aquel gabinete nos usurpa de su conocimiento cierto, como tampoco se sabe la fecha exacta de la ejecución de ambas obras. Tan solo que en 1800 se citan en la colección del ministro, lo que anticiparía en dos o tres años su ejecución. Su suerte estaría ligada a la del ministro, y así serían objeto primero de confiscación por parte del Príncipe Fernando, después de su almacenado en la Real Academia de San Fernando durante el reinado de José Bonaparte, y al restaurarse la monarquía, de su secuestro por parte del Santo Oficio, que vio en ellas, y sobre todo en La desnuda, motivo sobrado para proceder contra su autor. Tanto es así que Goya sería llamado por el Tribunal de la Inquisición en 1815 para que reconociera su autoría y confesase de quién era el encargo y para qué. Pero tampoco sabemos de la respuesta de Goya al Tribunal.
Muchos secretos como se ve los que guardan estas pinturas, también el de a quién representan, o quiénes fueron las modelos. Otro más de estos misterios que las envuelven y que tanto contribuyeron a hacerlas tan populares, sobre todo cuando se especuló tan insistentemente en la idea de que La desnuda retrataba a la duquesa Cayetana de Alba. Se argumentaba así por la relación estrecha entre Goya y la duquesa que dio lugar a sus numerosos retratos, y también al hecho conocido de que en su estancia en Sanlúcar de Barrameda durante la convalecencia de su enfermedad, Goya completó un Álbum de desnudos femeninos inspirados en su amiga. Y aunque hoy se trata de una idea completamente desechada y sin fundamente, en 1945 obligó al entonces duque de Alba a exhumar los restos de su ancestra para desmentir de una vez por todas la sospecha.
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En el caso concreto de La maja vestida tampoco se trata de nadie en particular, sino de un prototipo de mujer a la usanza de la época, cuya anatomía, de anchas caderas, cintura estrecha y seno abundante, estaría diseñada para que encajara correctamente con el desnudo que ocultaba detrás. Un prototipo por tanto, y por lo mismo su rostro más parece una máscara que una cara de mujer, sin esa profundidad en el gesto y la expresión que hicieran de Goya tan extraordinario retratista.
La maja desnuda en cambio hay quien la relaciona con la amante de Godoy, Pepita Tudó, lo que de ser cierto añadiría una mayor dosis de morbo a la contemplación de la misma por parte del sátiro ministro. Pero como en el caso anterior más parece un arquetipo que otra cosa, y de hecho el desnudo que pinta Goya no busca la sensualidad o la belleza, como ocurriera en otras obras suyas como el Retrato de la marquesa de Santa Cruz, y ciertamente parece claro que responde esencialmente a un encargo (que además había de ser personal y secreto), de pintar una imagen provocativa y de un erotismo descarado. De ahí también un cuadro de menor empaque que otros en la obra de Goya, en el que sorprende notoriamente la incongruencia de la cara sobre un cuerpo en el que parece que no encaja. De nuevo una máscara, que más la convierte en maniquí o muñeca que en mujer.
Aún con todo, Goya no deja de ser Goya, y sigue sorprendiendo su calidad en el trazo a la hora de plasmar en brochadas de luz los mejores detalles de ambos cuadros. Así los encajes de la mantilla y las gasas que engalanan La maja vestida; la luminosidad de las sábanas y colchas sobre las que se asientan ambas; el contraste de tonos de color para destacar el brillo blanquecino (casi resplandeciente) de La maja desnuda, e incluso el trabajo sobre su cuerpo desnudo, que reproduce fielmente el ideal de belleza femenina de la época: de cuerpo rotundo, cintura estrecha y senos turgentes y separados.
Demasiado atrevidas, en fin, estas dos pinturas, que por lo mismo permanecerían ocultas y escondidas hasta 1901, fecha en la que por fin serían expuestas en el museo del Prado.

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