Florencia, la belleza y la gracia

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“Lo que caracteriza en primer lugar a este nuevo giro que toman las artes en Florencia es la sincronía con que se efectúa. Bunelleschi, Donatello y Masaccio son contemporáneos en el más estricto sentido, incluso si el tercero nace en 1401 en San Giovanni Valdarno y desaparece antes que los demás en Roma, en 1428. Se tratará menos de una coincidencia fortuita, dado que la colaboración profunda entre Masaccio y Filippo Bunelleschi (1377-1446) queda demostrada por los años decisivos de creación del pintor (1424-1426) y por el hecho de que éste fuera visiblemente influenciado por el estilo del escultor Nani di Banco (¿-1421), así como también por Donatello (1386-1466). Pese a la rápida madurez del nuevo arte, éste sacaría provecho de los gérmenes poderosos aparecidos ya anteriormente en el curso del siglo precedente en Toscana, especialmente con Giotto. Por otra parte, la búsqueda de Brunelleschi y de Donatello fue tan ardua como concentrada durante muchos años, desde comienzos del siglo XV. En cuanto a la influencia de la Antigüedad, preciso será reconocer que los tres grandes florentinos habían residido en Roma y que allí buscaron una confirmación y un apoyo  —incluso una fuente de inspiración—  entre los vestigios clásicos. De todos modos, y de manera más evidente aún que entre los humanistas, su voluntad de crearse un lenguaje propio como su deseo de satisfacer las exigencia de su propia época tienen primacía sobre el orgullo de seguir la autoridad de los antiguos vestigios y sobre la ambición de tomar sus formas como modelo. […]

La belleza y la gracia, la proporción y la medida, son los valores a los cuales se aferran deliberadamente estos hombres y tantos otros contemporáneos suyos. A su enseña surgirá un brusco cambio de estilo, sobre todo porque el arte en Florencia se verá a partir de este momento penetrado de un espíritu nuevo: se quiere hacer, se está haciendo cada vez más, un mundo centrado en el hombre, sobre sus intereses vividos. Su marco será casi exclusivamente urbano: la naturaleza, los paisajes, dejarán de ser el objetivo principal de la pintura florentina de esta época. La figura humana y los grupos campean en los frescos y en las telas donde el artista da rienda suelta a su alegría de representarlos en todas las actitudes, con los sentimientos más diversos y los más justos matices de color. El retrato, que todavía en el siglo precedente no dispuso más que de las tumbas y las imágenes de los “donantes” para manifestarse, invade ahora imperiosamente la escena ocupándola muy a menudo de manera exclusiva. […]

La nueva función del arte florentino se manifiesta quizás más todavía en el terreno de la arquitectura. Pintar y hacer escultura significan ahora en Florencia organizar una composición, distribuir un conjunto de volúmenes armoniosos que traducen sin equívocos el poder que actualmente se arroga el artista de realizar libre y cientificamente su intuición creadora. El arquitecto, sin embargo, aparece más ostensiblemente como el dominador de su materia al erigirse en constructor imperioso de un espacio. [La arquitectura] será principalmente propuesta como un arte que deberá dar un ritmo a los vacíos con el fin de que cada construcción encierre en su interior una serie de espacios funcionales que conjuguen a la vez de una manera armónica con el lugar donde se erija. Un signo del carácter imperioso del nuevo estilo serán los espacios creados en torno a los edificios recién construidos para destacarlos en todo su valor, demoliendo todo cuanto pueda entorpecer el marco que los rodea: unos alrededores de espacio se convertirán en algo esencial. Brunelleschi inventa la cúpula como estructura mediadora entre el volumen cerrado del templo y la inmensidad de la atmósfera ambiente. Los palacios  —de los Médicis, de los Ruccellai, de los Pitti y de los Strozzi—  que se erigen el Florencia armonizarán con el paisaje urbano constituyendo a la vez moradas aireadas y confortables.”

(Alberto Tenenti: “Florencia en la época de los Médicis”. 1985)

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