“Fresco del pescador”. Museo Prehistórico de Thera (Santorini). SS. XVI-XV a.C.

Cuando hablamos de pintura cretense o monoica nos estamos refiriendo a un ámbito de expresión plástica de una extraordinaria importancia por su calidad, belleza y antigüedad, y que no debe de circunscribirse estrictamente a las construcciones palaciegas de la isla de Creta, como pudiera pensarse, sino al amplio marco de influencia cultural y económica de la isla por todo el marco del Egeo sur. Esto es importante porque los primeros descubrimientos de la pintura minóica se produjeron en Cnossos, pero de todos es sabido que el ansia restauradora de Sir Arthur Evans le llevó a contratar al pintor suizo Émile Gilliéron y a su hijo para que reconstruyera las pinturas a partir de los fragmentos encontrados, lo que al final provoca una incierta sensación engañosa a la hora de juzgarla.
Por el contrario los descubrimientos posteriores en la isla de Thera (Santorini) y especialmente en el yacimiento de Akrotiri permiten validar con mucha más objetividad esa calidad y belleza, ahora ya indiscutible, de la pintura minóica.
Su conservación es la consecuencia de un enorme cataclismo natural que asoló la isla alrededor de los siglos XVII y XV a.c. Se trataba en realidad de una isla volcánica que en las fechas señaladas explosionó hasta hacerla desaparecer bajo el mar. Un fenómeno de incalculables repercusiones sociológicas y culturales en aquel momento, pero que hizo posible la conservación en un estado inmejorable de muchos restos artísticos de aquella época.
En general la pintura minóica parece claro que tiene su deuda con la plástica egipcia, considerando la cercanía de Creta al imperio egipcio y las estrechas relaciones comerciales y políticas que se establecieron entre ambas culturas. No es de extrañar por ello el ascendiente de un arte anterior y de mayor prestancia, como el egipcio, sobre la cultura cretense. En cualquier caso no pasa de ser una similitud, que se reduce a la técnica de aplicación del color sobre el muro y a ciertos convencionalismos en la representación de las figuras, pero nada más, porque la pintura minóica es mucho más libre en su concepción de los temas y sobre todo en la representación del movimiento.
Técnicamente está hecha al fresco sobre pared, pero de forma muy avanzada y de gran perfección. Se revestían las paredes con capas de estuco, hechas con yeso de gran calidad, que después se pulían convenientemente hasta conseguir una superficie satinada y de gran dureza y resistencia a la humedad. La pintura se aplicaba sobre la pared antes de que fraguara la última capa de yeso, aprovechando además para marcar sobre dicha superficie blanda los contornos de las figuras mediante un buril. A su vez los colores, procedentes de pigmentos naturales, se mezclaban con agua, que actuaba así como su aglutinante. Al aplicar ese color, muy líquido por efecto del agua, sobre el estuco sin fraguar el resultado era no solo de una gran perdurabilidad y resistencia, sino también de una gran luminosidad, dándole una intensidad a los tonos que resulta uno de los aspectos que más sorprende y más nos deleita de la pintura minóica.
Por lo demás se trata de una pintura de tintas planas y sin sombreado, y que en la representación de figuras conserva algunos convencionalismos egipcios, como la reproducción de las mujeres con tonos más claros en su piel y de los hombres más oscuros; las posturas arquetípicas con los cuerpos de frente y la cabeza y las extremidades de perfil; así como algunos detalles en el ropaje en determinados ejemplos. Pero por lo demás son figuras mucho más vivaces, más espontáneas en su expresión, y como decíamos anteriormente mucho más libres en sus actitudes, posturas y concepción del movimiento.
Temáticamente también se advierte ese mayor grado de libertad. Los temas son muy variados y abundantes, y si bien es cierto que algunas representaciones aluden indirectamente a temáticas religiosas, pues representan rituales y procesiones ceremoniales, es igualmente cierto que hay muchas imágenes de animales, de mera contemplación de la naturaleza, muchas relacionadas con el mar (lógico tratándose de una talasocracia cuyas actividades económicas dependen principalmente del mar), así como numerosas escenas de mera cotidianidad.
Así ocurre con el Fresco de los pescadores, una de las imágenes emblemáticas del yacimiento de Akrotiri, y que dado su excelente estado de conservación se ha convertido también en un referente principal de la pintura minóica. La pintura habría que fecharla entre finales del S. XVI a.c. y principios del XV a.c, coincidente por tanto con la misma serie de pinturas conservadas en Cnossos, y que corresponden todas a la etapa de los Segundos Palacios, es decir, entre 1600 a .c y su destrucción definitiva hacia el 1480 a.c. Lo cual nos obliga a pensar que en efecto el proceso de estrucción de la isla fue lento y que si es cierto que comenzó en el S. XVII a.c, la destrucción definitiva sería mucho más tardía pues no pudieron pintarse los frescos después de que desapareciera la isla, y tampoco parece que ni su estilo ni sus características técnicas permita relacionarlas con etapas anteriores del arte minóico.
En cualquier caso se trata de una pintura excepcional. Fue encontrada, en los procesos de excavación realizados en la isla por el arqueólogo Spiridon Marinatos y continuados por su hija Nannó Marinatos. Concretamente el Fresco de los pescadores apareció en la llamada Casa del Oeste una villa señorial decorada en sus muros con un amplio repertorio de pinturas al fresco.
Los oferentes, pescadores o no, se representan desnudos, donando sus capturas, siendo la sencillez formal de las figuras, la espontaneidad de los gestos, la naturalidad de la escena, y sobre todo la fuerza del color, perfectamente hilvanada a través de sus tonos ocres y azules, lo que le otorga a la imagen una luminosidad y una belleza cromática realmente exquisitas.

Be the first to comment on "“Fresco del pescador”. Museo Prehistórico de Thera (Santorini). SS. XVI-XV a.C."

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*