Ginevra de Benci. Leonardo da Vinci

Algo tienen los retratos de Leonardo da Vinci que los hacen especialmente bellos, porque bella es sin duda toda su pintura, pero hay que reconocer que el retrato leonardesco, y especialmente el de mujer, es de una belleza extraordinaria y de un magnetismo seductor y fascinante.
Así ocurre con La Belle Ferronière, con el Retrato de Cecilia Gallerani, más conocido como La dama de Armiño, o por supuesto con La Gioconda. Pero también con el primero cronológicamente de estos retratos de mujer, el de Ginevra de Benci (Nacional Gallery of Art. Washington. 1476), hermoso como ninguno.
Se trata de una joven, hija de Amerigo di Giovanni Benci, un rico banquero florentino, amigo de Leonardo, cuya posición social favoreció la formación de esta joven en el ambiente cultural y artístico de aquella Florencia del S. XV, incluida su relación con el círculo intelectual de poetas, artistas y filósofos neoplatónicos.
Ginevra se casaría muy joven con Luigi Bernardini di Lapo Nicolini, un comerciante mucho mayor que ella que pronto sucumbió a graves problemas financieros. No sabemos si este matrimonio la haría feliz, lo que sí parece es que de quien se enamoraría es del embajador de Venecia en Florencia, Bernardo Bembo, que a su vez también quedó prendado de la inteligencia y la belleza de Ginevra. Un amor, tal vez platónico, que añade una nota romántica a la historia de la joven.
Como en tantas otras ocasiones la autoría de Leonardo no estaba totalmente demostrada, pero basta observar algunas características formales, tan propias del retrato leonardesco, para que las dudas se disipen: es un típico busto de tres cuartos; de un equilibrio compositivo elegante y armonioso; con la cabeza levemente girada en relación al cuerpo, lo que duplica los puntos de vista y favorece la expresividad; un verdadero alarde detallista en su ejecución; y un empleo magistral de los recursos lumínicos. Además ya hemos dicho que el padre de la muchacha era amigo de Leonardo, por lo que no debe de extrañar este encargo, que podría estar relacionado con el matrimonio de la joven.
Iconográficamente la obra relaciona a Ginevra con los enebros que enmarcan su rostro contra el paisaje, pues el término de esta planta en italiano, ginepro, se identifica fonéticamente con el nombre de Ginevra. Por otra parte, al dorso de la tabla aparece un emblema formado por una rama de laurel cruzada con otra de palmera. Ambas encierran un lema en latín: Virtutem Forma Decorat (Belleza ornamento de la Virtud), que curiosamente parece ser que correspondía a la heráldica de Bernardo Bembo.
Y no sabemos cómo sería Ginevra en la realidad, pero es inevitable enamorarse de su retrato. Como siempre Leonardo nos deslumbra a través de varios recursos que nadie como él ha sabido dominar. En primer lugar, su detallismo exquisito, del que ya hemos hablado, y que recrea nuestra mirada cuando nos fijamos detenidamente en el paisaje de tonos suaves y luces taciturnas que transmiten una especial sensación de serenidad y placidez; o cuando miramos detalles del vestido, de sus bordados, del ribete sobre el cuello, o sobre todo del cabello ensortijado en un sinfín de rizos dorados. En segundo lugar por sus efectos de luz. Esa luz imposible de Leonardo, de claros y brillos, y reflejos y sombras, esa luz crepuscular que le hizo famoso y que inevitablemente nos aboca a la melancolía. Y en tercer lugar y principalmente, por su expresividad. Porque en los retratos de Leonardo hay vida. Siempre hay vida, y las figuras nos miran y nos interrogan sobre ellas mismas, y es eso lo que nos mantiene pegados al cuadro como un imán. El recurso es de nuevo la luz, la luz que incide en unas partes del rostro mientras sombrea sutilmente otras, pero al final resulta que de tanto mirarla sus ojos nos responden, y su gesto en apariencia tan serio, no deja de hablarnos. De decirnos quién es. Esa muchacha que no se casó por amor, pero amó en secreto con la misma intensidad que irradia su retrato.

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