Giotto di Bondone

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Giotto: Escenas de la vida de Cristo. Entrada de Cristo en Jerusalén. Capilla de los Scrovegni. Padua. Hacia 1305.

“Este pintor tenía tal viveza de ingenio, que nada había en la naturaleza, madre y artífice de todas las cosas que existen bajo el girar de los cielos, que no pintase con su buril, su pincel o su pluma, de forma tan parecida que, más que una copia, parecía la cosa misma; hasta tal punto que, con frecuencia, en las obras hechas por él los espectadores toman por verdadero, por error, aquello que está pintado; a tal punto llegaba la energía y verdad de su pincel. En efecto, devolvió la luz a aquel arte que había permanecido sepultado por error de algunos, que quisieron pintar para deleitar la vista de los ignorantes, más que para complacer a los entendidos; y así era considerado una de las luces de la gloria florentina. Lo que ponía más de manifiesto su mérito era una modestia muy rara entre gentes de su arte. Pretendía ser el príncipe de los pintores y a pesar de ello ni quería que se le concediese el nombre de maestro. Su misma humildad aumentaba el brillo de su talento, que le atraía a diario nuevos envidiosos entre los pintores, y aún entre sus mismos discípulos.”

BOCACCIO : Decamerón, sexta jornada, his.. V. 

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“Pero llevó su reforma mucho más allá. Indagó en todos los problemas que se refieren al ilusionismo espacial obteniendo sorprendentes hallazgos intuitivos en la representación arquitectónica, marco espléndido en el que se desarrollan muchas de sus escenas, siendo algo menos afortunado en el tratamiento del paisaje exterior. También investigó cómo se modifican las proporciones del cuerpo humano según las múltiples posturas que adopte, obteniendo efectos escorzados sin precedentes o jugando para crear ilusionismo espacial con figuras vistas de espaldas. Su sentido de la mesura y esa racionalidad innata le llevaron a crear composiciones equilibradas donde en ocasiones parece jugar inconscientemente con proporciones áureas. Esta continua experimentación determinó una evolución constante a lo largo de su vida, de un modo que no se encuentra en ningún artista hasta el siglo XVI.

J. YARZA LUACES: Las artes figurativas góticas. En Historia del Arte .Vol II Alianza. Madrid 1996, pág 292.

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