Héctor y Andrómaca

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         Héctor respondió a Andrómaca:

– Amadísima esposa, lo que acabas de decirme no puede menos de hacerme sufrir y de conmover mi corazón; pero mis sufrimientos serían aún más grandes sin más que ver las miradas de los troyanos y las de las troyanas si huyera del combate como un cobarde. No es esto, ciertamente, lo que me aconseja el corazón, porque supe siempre ser valiente y luchar al frente de mis guerreros para mantener la gloria de mi padre y acrecentar la mía, y no voy a desmentirlo en esta ocasión. No es que mi corazón no presienta ni deje de comprender mi inteligencia que puede ser que un día perezca la sagrada Ilión y con ella su rey y su pueblo. Pero ni la caída de la ciudad ni las desdichas de los troyanos, incluyendo las de Hécuba, mi padre y mis hermanos, que morderán el polvo, vencidos por nuestros enemigos, me importan de manera tan agobiante como el cruel presentimiento de que tú, amadísima Andrómaca, seas arrastrada algún día entre llantos y angustias por alguno de los aqueos hasta Argos, donde estés para siempre sin libertad ni alegría y sin mi protección ni mi cariño (…). Y aún serás más desgraciada cuando pienses que ha muerto el hombre que te hubiese librado de la esclavitud de tener aliento en su cuerpo. Pero vale más que un montón de tierra cubra mis huesos antes de saber que eres desgraciada y oír tus clamores mientras se consuma tu rapto.”

Homero, La Ilíada, Canto VI “Coloquio de Héctor y Andrómaca”, Edaf, Madrid, 2004, pp. 145-146


Las figuras de Héctor y Andrómaca personifican en la mitología griega el amor conyugal y paralelamente, las consecuencias terribles de la guerra.

Héctor es hijo primogénito de Príamo, rey de Troya, y hermano de Paris y Casandra, y es el héroe de Troya que lidera a su pueblo en la lucha contra los griegos. Su resistencia frente a ellos fue decisiva, al menos hasta que después de matar a Patroclo, amigo íntimo de Aquiles, éste clame venganza y se enfrente a Héctor matándolo.

Andrómaca es la mujer de Héctor. Hija de Eetión, rey de Tebas, que en la misma guerra de Troya ya había perecido a manos de Aquiles. Más adelante tendrá que sufrir la muerte de Héctor a manos del mismo Aquiles y poco después la definitiva derrota de Troya y su cautiverio, no sin antes tener que despeñar al pequeño Astianacte, el hijo que había tenido con Héctor, para evitarle así una vida de esclavitud y sumisión. Por todo ello, Andrómaca, simboliza mejor que nadie las desgracias que acarrea la guerra, y que quedan perfectamente reflejadas, con todo el dramatismo que conlleva la separación de los esposos y la inminencia de un desenlace trágico, en el texto de la Ilíada con el que abríamos el comentario.

En la Historia del arte el tema no es demasiado frecuente, aunque hay dos obras que lo reflejan.

Por un lado, el cuadro titulado Andrómana velando a Héctor, de J. L. David (Louvre 1783). Una obra que se incluye entre las plenamente neoclásicas de su autor, por su temática, que remite a episodios de la Antigüedad clásica, y por su estilo, estricto en el dibujo y en la precisión realista de la escena.

La otra obra es más singular, sobre todo por la época en que se pinta, dentro ya del marco del arte contemporáneo, en  el que es más extraño encontrar pinturas de tema mitológico.

Se trata del Héctor y Andrómana de Giorgio de Chirico, del que hizo una escultura en 1924 y dos versiones pintadas: la primera en 1917 y la segunda en 1945. Dos fechas que relacionan estrechamente la iconografía de la obra con el contexto histórico del momento: la primera, en plena turbulencia de la I Guerra Mundial, y la segunda al final de la II Guerra Mundial.

En cualquiera de las dos versiones las figuras se abandonan a su suerte en un acto de amor fraterno, pero frente a un drama que les despoja de toda humanidad.

La guerra anula su condición humana, y de ahí esas caras sin rostro y esos cuerpos convertidos en meros maniquíes, que como los soldados en la batalla, no son más que autómatas que han perdido su identidad.

El drama queda además potenciado por el ambiente onírico en el que se presenta la obra, en un universo típicamente surrealista, pero que esta vez convierte el sueño en pesadilla.

En cualquier caso no deja de ser sorprendente la fuerza emotiva que transmiten estos dos personajes, carentes como están de humanidad y ausentes de todo realismo. Pero es la fuerza del cariño que transmiten el que resuelve la clave, como si el poder del sentimiento profundo y verdadero sirviera de único consuelo.

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J.L. David: Andrómaca velando a Héctor. Louvre 1783.

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G. de Chirico: Héctor y Andrómaca. 1924.

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G. de Chirico: Héctor y Andrómaca. 1945.

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