Historia del mal gusto

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“El “mal gusto” no existe sólo desde ayer. El “mal gusto” tiene una larga historia y también esta historia tendría que ser escrita alguna vez  —la historia de los clisés fijos e iguales, de los trucos con intereses y sentimientos ajenos al arte, de la estrategia de los ataques a las glándulas lacrimales, del verdadero chantaje a la simpatía del lector—   para hacer una idea de la parte que tienen estos efectos, no sólo en el arte popular, sino también en el arte de los verdaderos maestros. Hay pocos periodos en la historia del arte en los que se haya podido resistir estos efectos y apenas un momento en el que, al lado de las obras maestras, no se hayan producido también trabajos mediocres, de mal gusto, torpes o completamente sin tino; lo que, sin embargo distingue la producción del presente de la de otras épocas es la destreza con que se fabrica la cursilería refinada y el mamarracho perfectamente presentado.

La historia del mal gusto en el sentido actual comienza poco más o menos, con los cuadros de Greuze [imagen de cabecera] hacia finales del siglo XVIII. Aquí encontramos por primera vez aquella invasión de la literatura en la pintura, que no solo hace surgir cuadros con contenido formulable literaria o filosóficamente   —estos cuadros fueron incluso la pauta hasta el Impresionismo—,   sino que produce obras que sólo tienen un contenido literario y por así decirlo ningún contenido pictórico. Aquí da comienzo la historia de la pintura fantástica y anecdótica, una veces trivial, otras moralizadora, otras veces lasciva, que siempre aparenta ser otra cosa de la que realmente es. Esta mentira se sigue de la ideología de un público que, como consecuencia de su composición heterogénea, se halla indeciso entre veleidades liberales y prejuicios dogmáticos, entre fantasías romántico-revolucionarias y una práctica conservadora, entre ideas morales de libertad y un conformismo cobarde.”

(Arnold Hauser: “Teorías del arte”. 1974)

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