Iconografía surrealista de la Virgen María

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Max Ernst: La Virgen castigando al Niño Jesús ante tres testigos: André Breton, Paul Eluard y el pintor.

1926, Museo Ludwig de Colonia. 

 

Por un ventanuco asoman las caras de André Breton, Paul Eluard, y el propio autor del cuadro, Max Ernst, que miran despreocupadamente a la Virgen María castigando severamente al niño Jesús.

Estamos frente a un curioso caso de juego de ideas y de juego de contradicciones típicamente surrealista. Ya es chocante la interpretación que se le otorga aquí a lo que podría considerarse un tema religioso, pues carece de la severidad de lo sagrado y por el contrario reduce la relación divina a un episodio cotidiano. No sólo eso, el suceso en sí resulta insólito, ofensivo casi para la tradición creyente, pues la Virgen, símbolo de virtud, de paciencia, y de amor maternal, la emprende a golpes contra su propio hijo. O lo que es lo mismo, le está propinando a Dios una buena azotaina.

Como es lógico, iconográficamente el cuadro acumula paradojas, pues es precisamente a través de ellas como se establecen las contradicciones temáticas antes comentadas.

Es sorprendente la iconografía de la Virgen, hasta el punto de que no deduciríamos su condición de tal si no fuera por el nimbo que corona su cabeza, porque por lo demás es una Virgen atípica, voluminosa, de generoso pecho, violenta, y pintada con una predominante tonalidad roja. Nada que ver con la imagen serena y equilibrada de la Virgen en la iconografía religiosa tradicional, en la que además suelen prevalecer los tonos fríos, mayormente azulados. Sólo queda de la iconografía habitual de las Vírgenes clásicas la combinación cromática de los dos tonos de sus vestimentas, el rojo y el azul tan característicos.

Tampoco el niño presenta una iconografía muy usual. Ya no es sólo su posición, humillado por su madre, sino su desnudez, enseñando sus nalgas enrojecidas por los golpes hacia el espectador. Hasta su aureola rueda por el suelo, en otro detalle de gran irrespetuosidad a su condición divina. Una imagen por tanto del todo indecorosa, en la que de nuevo si intuimos la naturaleza del niño y su condición de hijo de Dios es por el halo caído y porque también hemos deducido que es la Virgen la que lo lleva en su regazo.

En cuanto a los espectadores de la escena, resultan igualmente incongruentes. Más allá de su anacronía, estaría su actitud ante lo que acontece, como desentendiéndose de un fenómeno tan extraordinario como escandaloso.

En última instancia es el detalle que culmina una temática en la que se combinan la provocación, heredada del dadaísmo, con una paradoja que enfrenta al espectador al verdadero sentido de la religiosidad. Como si no sólo se pusiera en cuestión el valor de lo sagrado y de lo divino, sino que por esta vía de la vulgarización de lo sobrenatural se planteara también la relatividad de lo que una tradición cultural de milenios ha fijado como algo inmutable y censurable.

También se puede ver desde otro punto de vista, pues es asimismo un perfecto ejemplo de humanización del tema religioso. Si Cristo además de su condición divina dispuso también de la humana, esta es una buena prueba de que no fue menos que ningún otro niño, y la Virgen que ninguna otra madre. Es además una manera de acercar lo religioso a lo cotidiano, como quería Santa Teresa, y así aproximar el valor de la religión al vulgar de los mortales.

Aunque en última instancia, el cuadro es por encima de todo una broma. Una broma amable sobre una temática hasta entonces intocable, lo que supone también un guiño a la libertad del artista, que liberado por fin de todas las ataduras de la tradición puede reírse sin pudor hasta de lo más sagrado.

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