Ingres en el Prado

Cuando nos acercamos al periodo artístico que recorre los comienzos del S. XIX nos encontramos ante un momento trascendental en la Historia del arte, el de la convivencia entre una plástica que mima la tradición clásica, protegiéndola con empeño de experimentaciones de cualquier otro tipo, y por otra parte el de una explosión de creatividad que hará precisamente de esas experimentaciones un continuo rosario de nuevos estilos y tendencias.

Por eso la pintura de la época se vio supeditada al dictado impuesto por las Academias de Bellas Artes y de los Salones Oficiales, cuya finalidad principal no era otra que preservar con celo el “buen gusto” que había de mostrar toda obra de arte, y que obligaba a un dibujo preciso, un color armonioso y sin estridencias, una luz envolvente, un modelado preciso y compacto, y una pincelada minuciosa y nítida de pleno realismo.

En este contexto artístico aparecen una serie de pintores, que aunque seguidores de esta corriente, no vivirán ajenos al cúmulo de influencias que las nuevas experimentaciones estaban impulsando en esos mismos momentos.

Es lo que ocurre con artistas como T. Couture, E. Meissonier; J.L. Gérôme, y el propio Jean-Auguste Dominique Ingres, contemporáneo del Romanticismo primero y de otras nuevas corrientes después, pero que como discípulo que fue de Jean Louis David establecería las bases de la pintura academicista.

Sus obras son el mejor exponente de la normativa antes comentada: pinturas esculturales, monumentales, ricas en contenidos simbólicos, de composiciones cerradas y equilibradas, de dibujo exquisito y delicado, predominio de la línea sobre el color, y luces diáfanas y cristalinas que armonizan el conjunto. Pero a ello añade Ingres un virtuosismo técnico excepcional, y una magia inexplicable en su pincel que hace de sus cuadros auténticas joyas de sensibilidad, perfección y belleza.

La gran odalisca es tal vez el mejor ejemplo de todo ello. Se trata de un encargo que le hace al pintor Carolina Bonaparte (ese año y por poco tiempo reina de Nápoles), y que toma como referencia iconográfica el mundo exótico de las mujeres que formaban el harén de los sultanes turcos, de donde proviene el término odalisca que deriva del turco odalik. Es por ello un cuadro cuyo tema deja entrever ese exotismo de influencia romántica que también alcanzó a diferentes obras de este autor, y que en este caso queda de manifiesto en la propia voluptuosidad del desnudo, pero también en objetos concretos como el abanico, la pipa o el turbante que cubre su cabeza, signos claros de tradición oriental.

Formalmente, la representación del desnudo resulta muy personal por su concreción y rigor, conseguido a base de un dibujo nítido y de una utilización de la luz que le permite recrear volúmenes auténticamente escultóricos. La indudable sensualidad de la Odalisca se destaca además gracias al contraste magistral de las texturas, de tal forma que la suavidad de la piel se subraya no sólo por la luz, sino por oposición a las calidades igualmente reales y tan distintas de los ropajes y aderezos que la rodean.

Resulta evidente que el color tiene un papel protagonista. Un color nítido y vidrioso, pero al mismo tiempo gozoso. Las mismas carnaciones de la odalisca, aún siendo frías, resultan sugerentes. En este sentido tiene indudable mérito el contraste cromático de la figura con su entorno. Y por supuesto la propia disposición del desnudo, muy insinuante y curvilíneo, en el que algunos autores han visto la inspiración de la Venus del espejo de Velázquez, aunque técnicamente las dos obras sean completamente distintas.

En cualquier caso, el cuadro es el mejor exponente de la maravillosa pintura de Jean-Auguste Dominique Ingres, un pintor soberbio, que como tantos otros academicistas se vieron postergados por una crítica historicista que vio con malos ojos aquel arte indiferente a esas experimentaciones que dieron carta de naturaleza al arte más valorado de los siglos XIX y XX.

Crítica injusta sin duda porque la buena pintura estará siempre por encima de la novedad y de la ocurrencia original. Estará siempre del lado del arte verdadero, el de la calidad y la belleza.

Bienvenida sea por ello la magnífica exposición que sobre la figura de Ingres se acaba de inaugurar en el Museo del Prado, porque contribuirá sin duda a reparar la deuda que le debemos a este pintor y porque permitirá al espectador disfrutar de un artista como pocos. De un artista de los grandes.

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