J. Renoir: “La regla del juego”

LA REGLA DEL JUEGO

Jean Renoir

Cuando Jean Renoir comienza la realización de La regla del juego vive uno de los momentos más creativos de toda su carrera como cineasta. En solo tres años ha facturado seis obras maestras: Una partida de campo, El crimen de Monsieur Lange, Los bajos fondos, La gran ilusión, La Marsellesa y La bestia humana. Con La regla del juego, sin embargo, propone un ejercicio deslumbrante de depuración que, en muchos aspectos, llega a superar los impresionantes resultados de los films citados. Obra controvertida desde su estreno, despertó todo tipo de sentimientos encontrados, prueba evidente de la capacidad de provocación de una película que, ante todo, busca ser el reflejo duro e implacable no solo de una capa social, sino de toda una civilización situada al borde del caos. No cabe duda que, aunque la película se aparte de idearios políticos, la tensa situación en la que hallaba Europa (el film se estrena apenas dos meses antes de que Hitler invada Polonia y dé comienzo la Segunda Guerra Mundial) acaba condicionando no tanto sus aspectos argumentales o temáticos como sí su ambiente, desencantado y con la sempiterna presencia de la muerte circulando por sus fotogramas. Muy a pesar de su apariencia de comedia burguesa, el film se va tiñendo de una negrura absoluta hasta alcanzar unos niveles de misantropía y pesimismo tan radicales como, en el fondo, insólitos en un cineasta que, dos años antes, había realizado un canto a la esperanza, la solidaridad y la hermandad entre los hombres con La gran ilusión.

En La regla del juego no valen éstos conceptos. La división de clases se convierte en un mal endémico donde no existe ningún tipo de valor cívico. Amos y criados se comportan de la misma manera, exhibiendo los mismos defectos y presentando su irracional visión de la existencia como metonimia de una sociedad que se refocila en su propia ignominia. En descripción de Octave, personaje interpretado por el mismo Jean Renoir, la clase dominante presentada en el film se muestra como un conjunto de “parásitos”, seres que discurren por la vida anclados a su posición económica, con la comodidad que ello les ofrece. Algo que, de igual manera, se extiende a sus asalariados, deseosos de acceder al servicio de los señores como una manera de equiparación estamental, cuyo único objetivo reside en integrarse dentro de la mansión con una clara disposición arribista (Marceau) o mantenerse al servicio de la marquesa como una forma indirecta de alcanzar una vida fácil (Lisette). Navegando entre ambos se hallaría el mismo Octave, un ser consciente de su inutilidad, que vive apegado a la comodidad de la nobleza aunque, en el fondo, sea un desclasado. Muestra palpable de la pequeña burguesía, Octave discurre por el inconsciente apego a la vida fácil y su frustración por no dedicarse a algo de provecho que le haga crecer como ser humano.

El contexto en el que todos estos personajes se encuentran posee una tirantez latente, una especie de polvorín que, en cualquier momento, puede estallar provocando una tragedia. A este respecto, La regla del juego se sirve de determinados aspectos premonitorios como base de su desarrollo argumental. En efecto, al incio del film, vemos la llegada del aviador André Jurieux, que se ha jugado la vida cruzando el océano para impresionar a la caprichosa Christinne, la cual ni siquiera ha ido a recibirle al aeropuerto, causando el desconcierto en el piloto. Todo ello se extenderá hasta la secuencia final, ya que la muerte de André estará condicionada por Christinne, la cual se halla en el jardín, aunque no esperándolo a él sino a Octave. El desapego (o, más bien, la indecisión) de los sentimientos de Christinne respecto a André, ya se encuentran nítidamente expuestos en la primera secuencia, así como la no aceptación de dicha incertidumbre por parte de André. Algo que, en la última secuencia, adquirirá todo su potencial dramático. De igual manera, la representación musical de la Danza macabra de Camille Saint-Saëns, en una lúgubre puesta en escena compuesta por fantasmas y esqueletos, escenifica la presencia invisible de la muerte con un poder de sugestión verdaderamente escalofriante.

A éste respecto, la puesta en escena de Jean Renoir se revela, de todo punto, maestra. Ante todo, cabría hacer hincapié en la utlización de la profundidad de campo, elemento que adquiere una trascendencia dramática absolutamente fundamental (recordemos, asimismo, que la película es dos años anterior al Ciudadano Kane de Orson Welles), sobre todo, para disponer a los personajes por el decorado y materializar el caos interno en el que éstos se hallan sumidos. Renoir centra su atención en la movilidad de los actores (memorables, a éste respecto, las secuencias en los pasillos cuando los personajes se dirigen a sus habitaciones), cubriendo todo el espacio y aprovechando al máximo las amplias posibilidades que la opción formal de Renoir ofrece. Opción que adopta una aparente tendencia “vodevilesca” (sustentada en equívocos y en la sempiterna presencia de las puertas) que, en el fondo, únicamente oculta amargura y misantropía.

Última película de Jean Renoir en Francia antes de su marcha a los Estados Unidos, La regla del juego es una película compleja y minuciosa, repleta de apasionantes aristas. Una de las grandes obras maestras de la Historia del Cine.

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