Jinete de Artemision. Museo Arqueológico de Atenas. S. II.I a. C.

Una de las piezas más hermosas y mejor instaladas en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas es este espectacular Jinete de Artemision, encontrado (como su nombre indica) a la vez que el no menos famoso Poseidón de Artemision.
Se trata en este caso de una escultura helenística, fechable entre finales del S. II a.c. y principios del I a.c., que nada tiene que ver cronológicamente con la anterior, que correspondía al S. V a.c. Provenían ambas, como otras encontradas en las proximidades, del cargamento de un barco hundido, procedente tal vez del norte de Grecia.
La pieza que hoy nos ocupa representa un perfecto modelo iconográfico de la nueva estética que aporta a la escultura griega el periodo helenístico. Una plástica caracterizada por un naturalismo espontáneo y directo que enlaza directamente con la contemplación de la realidad y se desliga por tanto del idealismo que había caracterizado el periodo clásico. Como se dice tantas veces: una nueva estética que ha sustituido el ethos por el pathos. Pero no es solo eso, el helenismo se fija en asuntos de la cotidianidad y en temas plenamente humanos que acentúan ese realismo antes mencionado. Ya no se trata de representar dioses determinados por la perfección y la belleza, sino hechos comunes y personajes anónimos mucho más próximos a lo mundano.
El helenismo incluso vuelve su mirada en ocasiones hacia la adversidad, la diversidad racial, las edades extremas, como la infancia o la ancianidad, tan distantes de la plenitud idealizada en la juventud, la decadencia, la derrota o la penuria, lo que al final se convierte en un perfecto exponente de un “realismo social” que está en las antípodas del arte griego de los siglos clásicos.
De todo ello es un precioso y curioso ejemplo este grupo en bronce del jinete y su caballo. No se encontraron juntas ambas piezas, por lo que se especuló durante mucho tiempo que fueran o no las dos partes de la misma escultura, si bien recientemente análisis químicos han confirmado que comparten la misma composición en sus componentes, lo que deja claro ya que se trata de un grupo escultórico y no de dos piezas independientes..
Como todas las grandes esculturas de la historia, la obra merece un análisis de cada pieza por separado y luego de ambas en conjunto, porque desde cualquiera de las dos visiones resulta magnífica.
El caballo es un prodigio de perfección formal y de estructura compositiva, sobre todo por su logrado sentido del movimiento. Es un caballo desbocado en realidad, que galopa impetuoso, sensación que nos transmiten la disposición de las patas: las dos traseras apoyadas en el suelo, pero en posición de impulsar con fuerza todo el cuerpo, y las dos delanteras lanzadas al frente. También contribuyen a esa misma sensación la disposición en diagonal de todo el animal; la estilización de todo el tronco y especialmente del cuello; y cabeza y cola, marcando dos líneas extremas que perseveran en la línea diagonal y abren definitivamente la composición, generando un tremendo dinamismo. Hasta la propia expresión del bruto, con los orificios nasales tan abiertos, las fauces jadeando, las facciones tan marcadas y crin y orejas hacia atrás, insisten en una idea de agitación y movimiento, dramatizada en este caso porque pareciera que el caballo se escapa asustado en medio de una estampida.

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El niño por su parte resulta tan pequeño que pudiera pensarse que no es proporcional al caballo, pero es que se trata en realidad de un chiquillo, cuya diferencia de tamaño precisamente consigue abundar en su fragilidad e indefensión. Porque el niño, que parece agarrarse a las riendas como puede y que mantiene con problemas el equilibrio sobre la montura, da la sensación de que no pueda controlar a la bestia. Un niño además vestido con un pobre quitón y de rasgos negroides, como eran al parecer comunes entre los esclavos palafreneros de los hipódromos. Nada por tanto de la idealización anterior porque lejos de tratarse de un jinete heroico, o hierático como el mismo Auriga de Delfos, es un pobre esclavo negro al que se le ha escapado el caballo.

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Formalmente el niño se adaptada como un calzador a la hechura del caballo. Su postura también en diagonal, su posición en paralelo a la del caballo, su ropas al viento afianzando la sensación de movimiento, y su gesto, entre asustado y sorprendido, parejo al del propio caballo, consiguen un efecto de plena coherencia y adaptación compositiva, que logra la esencia misma de lo que es en realidad un grupo escultórico: una concepción de bloque donde las partes, valiosas cada una por separado, se conjugan en una sola pieza.
En resumen, una obra del más puro helenismo, de una extraordinaria calidad técnica y de un realismo preciso y anecdótico, que miramos como tantas otras veces en las obras de este periodo como se mira la realidad. En este caso a medio camino entre la sonrisa que provoca el incidente y la compasión amarga por la suerte de este niño, y la de todos los niños como él.

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