Jonh Ruskin: el lugar de la belleza

“He aquí entonces una ley general, de singular importancia en la actualidad, una ley de simple sentido común: no decore los objetos que pertenecen al ámbito de la vida activa y ocupada ; donde quiera que pueda reposar, allí sí, decore: donde reposar está prohibido, eso es su belleza. No debe mezclar la ornamentación con el nogocio. Primero trabaje, luego descanse. Trabaje primero y después mire, pero no emplee arados de oro ni libros mayores encuadernados con esmaltes. No desgrane con un mayal esculpido ni ponga bajorrelieves en las piedras de molino. ¡Cómo!, exclamará, ¿solemos hacerlo acaso? Y tanto que sí, siempre y en todas partes. La localización más familar de las molduras griegas en estos tiempos es la fachada de las tiendas. En las calles de nuestras ciudades no hay rótulo comercial ni mostrador ni anaquel que no lleve un ornamento que de hecho fue inventado para adornar templos y embellecer palacios de reyes. Donde ahora están no son del más mínimo provecho. Absolutamente inútiles, del todo, faltos del poder de brindar satisfacción, sólo hartan la mirada y hacen vulgares sus formas.

Jamás existió locura más flagrante y descarada que el más pequeño ornamento concerniente a los ferrocarriles o a lo que les rodea…¿habra un solo viajero que se avenga a pagar más por el billete al South Western porque las columnas de la estación terminal estén cubiertas de dibujos de Nínive? Es mejor enterrar el oro en los ribazos que invertirlo en ornamentación para las estaciones. …La arquitectura ferroviaria tendría dignidad propia si se la abandonara a su función.

No pondría usted anillos en los dedos de un herrero afaenado en el yunque.”

(John Ruskin: Las siete lámparas de la arquitectura, 1849)

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