La caída de los ángeles rebeldes de Bruegel

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“Peregrinación al Museo de Bellas Artes, día de ver a Bruegel. Allí estaban: La caída de los ángeles rebeldes, El empadronamiento en Belén, El paisaje con caída de Ícaro. Por mal definidas e inquietas razones siempre me ha intrigado la famosa batalla celeste. Había algo que no conseguía comprender. No era el hecho de que los ángeles revoltosos estuvieran desprovistos de armas (salvo una corta cimitarra en la mano de uno de ellos) ante las exterminadoras espadas del arcángel San Miguel y los dos ángeles más cercanos que le ayudan en la tarea, eso sin contar a los cuatro que, por detrás, se sirven de la cruz como de una lanza para clavarla en la barriga desnuda de los animalejos en que los rebeldes se transformaron. Tampoco era porque algunos ángeles buenos soplasen en trompetas curvas, mientras que las de los cornetas malvados eran derechas… Me producía impresión, eso sí, que el mal estuviera representado por una multitud de animales de tierra, de aire y de agua, deformes casi todos, es cierto, horrendos algunos, es verdad, pero, pese a eso, conservando trazos obviamente asociables a otros bichos que saldrían (o ya habrían salido, me faltan ideas claras sobre esta cronología) de la mano divina en el sexto día de la Creación, en algunos casos, incluso, exacta copia.

Hoy creo haber comprendido. Encajado en su armadura dorada, semejante a una mantis religiosa, lo que San Miguel está haciendo es expulsar del cielo la primera insurrección pública de la carne, esa que los ángeles no tienen o que por vergüenza ocultan (las largas túnicas ni siquiera nos permiten verles los pies), pero que los rebeldes muestran con la inocencia de los animales que, por ser sin pecado, no necesitan cubrirse. Ahora bien, en la parte inferior del cuadro, en el centro, precisamente en la línea directa de la mirada del arcángel, ocupado en cortarle el cuello a un bicho que tiene algo de caprino (no lo hará, demostré en “El Evangelio según Jesucristo” que los demonios no pueden morir…), se encuentra un cierto ángel rebelde que tal vez ayude a comprender estos enigmas. No nos detengamos en su rostro bozal y grosero, ni en los brazos que son como patas de animal, observémosle mejor los senos duros, redondos, los pezones que casi rompen el tejido que todavía cubre lo que resta de un cuerpo que, al parecer, tenía todo de humano. Sabemos que lo superfluo no existe en la pintura de Bruegel. Esta mujer, la única que será posible identificar como tal en el torbellino convulso de las decenas de figuras del cuadro, no fue colocada allí por casualidad, Tampoco fue una casualidad que el pintor colocara los senos de la mujer en el campo inmediato de visión del arcángel.  San Miguel, sin embargo, conserva la impasibilidad del puro espíritu. El grito de la mujer cayendo en las profundidades no lo perturba. Pobre San Miguel…”

(José Saramago: “Cuadernos de Lanzarote II (1996-1997)

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