La Dinamo y la Virgen

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“En mi opinión, una de las protestas antimecánicas más ilustrativas es la implicada en ese libro americano tan lleno de ironía que se titula The Educatión of Henry Adams. Siempre escrupulosamente atento a guardar las formas históricas, especialmente cuanto intuía su posible futilidad, Adams dio unos cuantos pasos por su propia inicativa, en el año 1900, para inaugurar el siglo XX. Fue a París y visitó la Exposición Mundial, donde se quedó pasmado y boquiabierto ante las colosales dinamos de cuarenta pies expuestas en el Gran Salón. Entendía poco de ingeniería y, tal vez por esta razón, observaba sus progresos con desconfianza. Sacó la conclusión de que, desde 1893, “el automóvil se había convertido en una pesadilla… casi tan destructora como el tranvía eléctrico, solamente diez años más antiguo, y amenazaba convertirse en algo tan terrible como la misma locomotora de vapor”. Para resarcirse, Adams se retiró a las catedrales de Chartres y de Amiens. Aquí, orando en el templo de la Virgen, meditó sobre la suerte de aquellos que oraban en el templo de la dinamo. Ademas era uno de esos hombres que creen que en una ocasión memorable es importante hacer una declaración memorable. Aunque no estaba de acuerdo con la valoración que hizo Gibbon del estilo gótico, le envidiaba por haber rechazado todas las catedrales góticas con una sola frase cuando dijo: “Lancé una mirada despectiva a los augustos monumentos de la superstición”. Adams deseaba lanzar una mirada precisamente así a los augustos monumentos de la ingeniería, mas para eso era demasiado listo, sabía que estas fuerzas eran algo con lo que habría que contar, y aunque le inspiraban un profundo recelo, se sentía orgulloso de ser un buen juez de fuerzas. Por lo cual compuso para su autobiografía, dentro del año 1900, un capítulo titulado “la Dinamo y la Virgen”. En él contrastaba los modernos poderes del vapor y la electricidad con la fuerza ejercida por la fe medieval. “Todo el vapor del mundo —escribe— no podría, como la Virgen, edificar Chartres”.

Esta memorable observación es digna de análisis. Según ella, la Virgen edificó Chartres; lo cual es claramente una metáfora, y es de suponer que significa que la fe en la Virgen inspiró la construcción de la catedral. Pero Chartres no fue construido sólo por la fe. Lo mismo que otras catedrales góticas francesas, fue edificada por obra de una técnica cuidadosamente calculada. Los maestros alarifes que edifican bóvedas de nervadura y arbotantes se hubieran disgustado mucho con un admirador de su obra que descartara su ingenio matemático y mecánico. La antítesis entre la ingeniería moderna y la espiritualidad medieval es una de esas disociaciones fáciles y sofísticas en que nos vemos atrapados cuando miramos el arte como naturalmente opuesto a la mecanización. Por el lado del arte, Adams desestimaba las energías mecánicas utilizadas en la creación de un admirable edificio, mientras que por el lado de la mecánica consideraba las energías en bruto, desligadas de todo propósito al que pudieran servir. Así llegamos a una magnífica antítesis entre mecanización y espíritu, producida por omisiones mentales a un lado y a otro.”

(Edgard Wind: “Arte y anarquía”. 1960)

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