La escultura “en” la arquitectura

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Capitel de San Martín de Frómista (Palencia). S. XII.

“Esta técnica escultórica tiene un doble carácter: es arquitectónica, en el sentido de que somete las figuras al marco en que deben colocarse; es ornamental, en el sentido de que las dibuja y combina sobre esquemas de ornamentación. (…) Al oponerse a las formas académicas del arte antiguo, favorecidas además por la expansión en Europa de un repertorio abstracto de imágenes desde el S. XI, tendieron a sustituir la verosimilitud de las figuras por su justa adaptación al marco, a reemplazar la armonía y las proporciones de la vida por la armonía y las proporciones de un orden. Dado como son las formas de la arquitectura y las formas de la vida, ¿qué acuerdo puede establecerse entre ellas? La arquitectura románica no propone al decorador espacios cualesquiera, y esos espacios tienen una figura y una función netamente definidas. El genio de este arte es haber asociado la escultura con las funciones. Al adoptar de una vez por todas el sistema de frisos en vigor en el S. XI y contemporáneo de otras tentativas más audaces, habría renunciado a su originalidad esencial. También habría podido derramar indiferentemente la escultura sobre la superficie de los muros e incluso conferirle, de acuerdo con esas masas fuertes y severas, una belleza realmente monumental: pero la escultura en la arquitectura y por la arquitectura, exigía una economía mucho más rigurosa. ¿Dónde se coloca en una iglesia del S. XIII? En los capiteles, en los tímpanos, en las arquivoltas. Claro es que no renuncia ni a los frisos ni a las arquerías, pero su desarrollo depende de una imposición más despótica ejercida por los marcos poco propicios para recibir la imagen de la vida. Pero he aquí que se apoderan de ella. Le comunican un ardor desconocido, le imponen un movimiento, una mímica, una dramaturgia. Para entrar en el orden de la piedra, el hombre se ve obligado a encorvarse, arquearse, estirar o encoger sus miembros, volverse gigante o enano. Salva su identidad al precio de las deformaciones y rupturas de equilibrio, permanece hombre, pero en una materia plástica que se somete no al capricho de un pensamiento irónico, sino a las necesidades de un orden que lo supera.”

H. Focillon: El arte de Occidente. La Edad Media románica y gótica. Alianza Forma. Madrid. 1988 (1938), pág 96.

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