La fealdad en el arte

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Nunca como en el siglo XX había proliferado tanto la fealdad en el arte.

Se manifiesta en todos los campos. Adopta las formas más variadas y sorprendentes. Invade las obras más seguras.

Desde las materias más insólitas o repugnantes, dejadas sin conformar, exhibiendo texturas hediondas, hasta cuerpos lacerados, quemados, inmolados o cubiertos de sangre, la fealdad no deja aspecto alguno de la obra de arte sin contaminar.

Esta obsesiva presencia de la fealdad no es la primera vez que acontece.

En el arte de la Edad Media campeaban las figuras grotescas y deformadas, las sonrisas bobas, las rígidas posturas hieráticas y el cabeceante dibujo malformado. Eran escenas de dolor y de muerte o de esperanza sin consecuencias. Pero no sabían representar la canónica belleza de las formas naturales. La fealdad medieval era inintencionada. Las obras, más que feas, eran torpes, y en todas alentaba el deseo infantil y religioso de atrapar la belleza luminosa. Las vidrieras y los fondos áureos de las tablas y los misales eran como espejos donde la belleza celeste hubiese tenido que mirarse. […]

Las artes de los primeros imperios, egipcio, babilónico y mesopotámico, también abundaban en monstruos: figuras híbridas, más que figuras, gráficos que repetían posiciones y formaban frisos geométricos a modo de ejércitos; esfinges y dioses con cabeza de pájaro y mandíbula de reptil. Pero también sabemos que estas formas eran balbuceantes y temerosas aproximaciones a la lejana e incomprensible figura de los dioses. […]

Por el contrario, la fealdad del arte moderno sucede a tres siglos de arte dedicado a la belleza, iniciados a mediados del siglo XV y apagados a finales del siglo XVII. Luego, durante casi todo el siglo XIX, los pintores románticos, realistas y simbolistas convivieron con un arte moribundo, que intentaban reanimar bajo todas las formas posibles; pinchándolo (Géricault), exponiendo la cruda realidad de los cuerpos exangües y verdosos (Delacroix, Manet) o, por el contrario, como los pintores que triunfafan en los Salones, recomponiendo las míticas aventuras de los dioses que el arte de los siglos anteriores había representado, pero ahora sin creer en ello.

A principios de este siglo, finalmente, echaron por la borda (del lienzo) los cadáveres de los dioses. Cuando éstos todavía vivían, vigilaban que los artistas cuidaran de la belleza y atendieran con respeto a las formas. Pero una vez que los dioses hubieron desaparecido, los pintores, libres de la tutela divina, empezaron a herir y a deformar el mundo. Con placer y con sabiduría, sin inocencia y a sabiendas de lo que hacían, se aplicaron a afear las formas de la naturaleza en sus obras de arte.”

             (En: Pedro Azara: “De la fealdad del arte moderno. El encanto del fruto prohibido”, Barcelona, 1990)

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