La mano

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“Son innumerables los dominios de la mecanización y todas las técnicas que han contribuido a construir la vida que hoy conocemos, pero el método que constituye la base de toda mecanización es asombrosamente simple.

La mano humana es una herramienta prensil, un instrumento para asir. Puede empuñar, sostener, apretar, empujar y moldear con toda facilidad. Puede buscar y palpar. Flexibilidad y articulación son sus palabras clave.

Los dedos, con su triple articulación, la muñeca, el codo, los hombros y, a veces, el tronco y las piernas, incrementan la flexibilidad y la adaptabilidad de la mano. Músculos y tendones determinan cómo asirá y sostendrá el objeto. Su sensible piel toca y reconoce los materiales. El ojo dirige su movimiento. Pero lo más vital de todo este trabajo integrado son la mente que gobierna y las sensaciones que le confieren vida. El amasado del pan, el doblado de una pieza de tela, la evolución del pincel sobre una tela, son todos ellos movimientos que tienen su raíz en la mente, pero, por complicadas que sean las tareas que esta herramienta orgánica pueda ejecutar, hay una cosa para la que está muy mal preparada: la automatización. En su misma manera de efectuar movimientos, la mano es inadecuada para trabajar con precisión matemática y sin pausa. Cada movimiento depende de una orden que el cerebro debe repetir constantemente. Sufrir automatización contradice totalmente lo orgánico, basado en el crecimiento y el cambio. […]

La mano puede ser adiestrada hasta un cierto grado de facilidad automática, pero tiene negada una facultad: la de permanecer invariablemente activa. Siempre debe estar asiendo, sosteniendo o manipulando. No puede continuar un movimiento en rotación incesante, y esto es lo que precisamente ocasiona la mecanización: una rotación incesante. La diferencia entre caminar y rodar, entre las piernas y la rueda, es básica para toda mecanización.”

(Siegfried Giedion: La mecanización toma el mando. 1943)

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